
El ciclismo no es solo un asunto de fríos vatios o túneles de viento; es una narración escrita y la épica de lo inesperado. Hoy, en Sant Feliu de Guíxols, la 105ª edición de la Volta a Catalunya ha comenzado con una jornada que despierta al niño que llevamos dentro y nos recuerda por qué amamos este oficio. No ha sido un inicio cualquiera: un choque de trenes entre la aristocracia del pedal y un invitado inesperado, Dorian Godon, quien demostró que cuando la carretera pica hacia arriba y el oxígeno escasea, el corazón manda más que el palmarés.
Sant Feliu nos recibió con sol y un viento que siseaba entre los radios, avisando de que nada sería fácil en este sube y baja constante. El trazado, con más de dos mil metros de desnivel, tenía ese aroma a emboscada que tanto nos gusta. Una jornada que muchos tildaban de llana, pero en Cataluña el llano es abstracto. Ahí, en medio de la batalla, vimos la pureza de este deporte con los hermanos Aznar, Unai y Hugo, rodando juntos en la fuga, desafiando a los gigantes del WorldTour con la insolencia de la juventud y el orgullo de la tierra.
¡Qué imagen! Dos hermanos compartiendo bidones y relevos bajo el sol de la Costa Brava, mientras el pelotón olía la sangre acercándose al Alt de Sant Hilari. Un pulso desigual pero bellísimo, una persecución de guante blanco donde el viento de costado ponía los nervios a flor de piel. Los escapados soñaban con imposibles, pero el destino estaba escrito por los equipos de los capos, que no querían sorpresas en el Paseo Marítimo. En este ciclismo moderno de precisión casi militar, ver a los modestos retorcerse hasta el último aliento me llega hasta la médula.
Hablemos de los gigantes que nos hacen levantarnos del asiento. Jonas Vingegaard, ese danés de hielo, rodaba con una calma que asusta, asegurando que su único objetivo era llegar sin riesgo. Frente a él, el Aero de Schepdaal, Remco Evenepoel, quien llegó a la salida casi de milagro tras quedar bloqueado por la nieve en el Teide. Remco es un animal competitivo, un pura sangre que puso a sus peones a trabajar buscando ese repecho final que tanto le gusta. Sin embargo, en el último suspiro, apareció el factor sorpresa. Dorian Godon lanzó un esprint de violencia estética absoluta, batiendo al belga y a un Tom Pidcock que también demostró que su clase no tiene límites.
La clasificación general ya ha dictado sentencias y mostrado las primeras heridas de guerra. Mientras los grandes favoritos entraban en el mismo tiempo, hombres de peso como Ben O’Connor se dejaron casi un minuto por culpa de la tensión y los cortes finales, y otros como Felix Gall perdieron un mundo en un suspiro. El cronómetro es un juez implacable que no entiende de sentimientos. Por contra, qué alegría ver a Nairo Quintana aguantando el tipo como el viejo guerrero que es, demostrando que la clase es lo último que se pierde incluso cuando el retiro asoma.
Mañana nos espera Figueres y la sombra de Dalí, un escenario perfecto para otra jornada de locura antes de que los Pirineos pongan a cada uno en su sitio. Les invito a que no se despeguen de esta página y me sigan cada jornada, porque lo que estamos viviendo es historia viva del pedal y no quiero que se pierdan ni un solo detalle de esta edad de oro. Al final, el periodismo es curiosidad y emoción, y aquí tenemos de sobra para regalar.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales.
La carretera no descansa, y nosotros tampoco.
Mañana seguiremos el rastro del pelotón buscando la verdad entre el polvo y la gloria de la Volta.
¡Hasta mañana, amantes del pedal!




