Ciclismo

::Ciclismo – Cuando La Vuelta se quedó sin su líder

 

Hay tardes en las que el ciclismo se explica solo. No hacen falta demasiadas palabras, porque una imagen vale por toda una temporada. La octava etapa de La Vuelta, camino de Xeraco, empezó como una jornada de transición y acabó sacudiendo la carrera de arriba abajo. Tadej Pogacar se fue al suelo a 33 kilómetros de meta y, con él, se marchó el hombre que parecía tener la carrera agarrada por el cuello. Intentó continuar. No pudo. Y cuando el líder abandona una grande, el silencio pesa más que cualquier grito de victoria.

Pogacar llevaba el rojo desde Mónaco y había construido una ventaja que parecía casi definitiva. Tres minutos y cincuenta segundos sobre Enric Mas. Una barbaridad a estas alturas. Pero el ciclismo no entiende de cuentas cerradas. Una mala colocación, un toque, una caída aparentemente absurda en una carretera que no parecía esconder ningún peligro y de repente todo cambia. El esloveno se quedó sentado en el asfalto, dolorido del hombro, y después de intentar regresar a la bicicleta tuvo que aceptar lo que ningún campeón quiere aceptar. La Vuelta continuaría sin él.

Y aparece Enric Mas. Qué cosas tiene este deporte. El mallorquín se encontró con el maillot rojo sin haberlo conquistado en la carretera. Lo recibió con tristeza, incluso con pudor, porque sabe perfectamente que los lideratos verdaderamente importantes son aquellos que se ganan a golpe de pedal. Pero ahora es suyo. Y con él llega una responsabilidad enorme. La Vuelta ha cambiado de manos y el Movistar tendrá que aprender, de golpe, a defender una carrera que ayer parecía muy lejos de sus posibilidades.

Mientras tanto, Bryan Coquard hizo lo que tenía que hacer. Esperó. Aguantó. Buscó su sitio y cuando llegó el momento puso las piernas encima de la mesa. El francés se llevó una victoria que llevaba mucho tiempo persiguiendo y que adquiere todavía más valor por el escenario en el que llegó. Mads Pedersen y Jordi Meeus completaron un sprint de esos que se resuelven por centímetros. Pero, sinceramente, hoy el resultado deportivo quedó inevitablemente eclipsado por la desgracia del líder.

Y ahora, señores, llega Alicante. Y llega de verdad. Mañana La Vuelta entra en una provincia que conoce muy bien el ciclismo y que vuelve a convertirse en protagonista con una etapa que no admite despistes. La Vila Joiosa será el punto de partida de 187,4 kilómetros hasta el Alto de Aitana, una auténtica emboscada montañosa con más de 5.000 metros de desnivel positivo.

No será una etapa para mirar el paisaje, aunque el paisaje vaya a ser magnífico. Será una jornada para sufrir. Seis ascensiones esperan al pelotón y entre ellas aparece el Miserat, un puerto que puede empezar a poner las piernas al límite antes de que llegue el gran juez. Después vendrá Aitana, con su cima a 1.543 metros y una subida que puede convertirse en un auténtico examen de madurez para Enric Mas y para todos aquellos que ahora miran el rojo con otros ojos.

Alicante recibe, por tanto, una Vuelta completamente distinta a la que esperaba. La carretera mediterránea se convierte de repente en territorio de generales. Ya no está Pogacar para imponer su ley. Ahora Roglic, Mas, Gall, Carapaz, Kuss y compañía tendrán que enseñar las cartas. Y aquí no habrá rueda que valga si las piernas no responden. La montaña no entiende de herencias ni de regalos.

Será, además, una llegada con una carga especial. La Vuelta recorrerá numerosos municipios de la provincia antes de adentrarse en las montañas alicantinas. La afición tendrá la oportunidad de ver de cerca una carrera que llega herida, revuelta y mucho más abierta.

Quizá sea demasiado pronto para hablar de una nueva Vuelta. Pero ya nadie puede negar que ha comenzado otra. La octava etapa nos dejó una certeza incómoda y hermosa a la vez. En el ciclismo nunca está escrito el final. Mañana, en Aitana, volveremos a descubrirlo.

Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

 

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