Ciclismo

::Ciclismo – Tercera etapa para el joven Maginer en el giro

Qué etapa tan brutal, señores. La 18ª del Giro de Italia 2026, de Fai della Paganella a Pieve di Soligo, parecía una jornada de transición, de esas que sirven para recuperar las piernas tras tanto monte. Pero la carretera, ya se sabe, nunca regala nada. 171 kilómetros ondulados, con el Muro di Ca’ del Poggio asomando a menos de diez de meta, corto, empinado y cabrón, que lo cambió todo. Y encima, algo de humedad que hacía el asfalto traicionero. Un escenario perfecto para el caos.

La fuga, como casi siempre, se marchó temprano. Cuatro corredores con ganas de gloria, pero el pelotón no les dejó mucha cuerda. Lidl-Trek y Soudal Quick-Step vigilaban de cerca, conscientes de que el final podía favorecerles. Se rodó a buen ritmo, con el sol dando paso a nubes bajas y ese ambiente típico de tercera semana, donde cada pedalada pesa el doble.

Cuando apareció el Muro, se armó la de Dios es Cristo. Ataques por aquí, acelerones por allá, miradas nerviosas. El grupo se rompió en pedazos. Y en medio de ese baile, apareció el de siempre en este Giro: Paul Magnier. El chaval de Soudal Quick-Step, con apenas 22 años, ya tiene hambre de veterano. Jasper Stuyven lo dejó colocado como en un guante, y el francés, con esa potencia limpia y fresca que tiene, remató impecable. Tercera victoria de etapa. Hat-trick. Impresionante.

Por detrás, Edoardo Zambanini y Jonathan Milan pelearon con uñas y dientes, pero hoy no había quien le parase al belga-francés. Milan se queda con la miel en los labios otra vez, y la ciclamino sigue ardiendo. El duelo por los puntos promete ser de los que hacen historia hasta Roma.

Lo que más me emocionó fue ver a Egan Bernal metido en la pelea final. El colombiano sacudió el grupo, se atrevió, rozó algo grande. No le salió la victoria, pero demostró que sigue siendo ese corredor con clase y coraje. Einer Rubio también anduvo ahí, con su garra habitual. Los nuestros no se arrugan, y eso, en la tercera semana, tiene un valor inmenso.

Delante, Jonas Vingegaard no se inmutó. Control absoluto, rosa bien custodiada. Félix Gall y compañía tampoco movieron demasiado la general. Día para los punchers y sprinters resistentes, sí, pero también para ver quién todavía tiene gasolina en el depósito. Afonso Eulálio se cayó a unos 50 kilómetros, se levantó, atacó después y salvó el maillot blanco y su quinto puesto. Gestos así son los que te hacen querer más a este deporte.

Al final, uno se queda con esa mezcla de admiración y cansancio ajeno. Magnier celebrando como un crío, el pelotón exhausto, los escapados con la cabeza alta pese a todo… y mañana, más leña al fuego. Porque este Giro no afloja ni un segundo.

Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

 

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