
Hubo un instante, justo cuando la carretera se convirtió en polvo y el aire olía a tomillo seco, en el que el ciclismo dejó de ser una carrera y se transformó en un diálogo. Tadej Pogacar, envuelto en esa roja que ya parece segunda piel, tiró con la naturalidad de quien sabe que el mundo gira a su ritmo. Sin embargo, Enric Mas no se apartó. El de Artà, serio y concentrado, con esa mirada que no pide permiso, se levantó del sillín y le dijo sin palabras: “Aquí estoy”. Dos hombres, un mismo polvo bajo las ruedas, y el Puerto El Bartolo haciendo de confesor.
La etapa había comenzado con la promesa de movimiento. Alcossebre, con el mar todavía cercano, y luego el interior castellonense, con sus subidas y bajadas que acumulan fatiga sin gritar. Serratella, Bandereta, el Desierto de las Palmas… kilómetros que se comen las piernas despacio, como el tiempo cuando uno espera lo inevitable. Una fuga de gente valiente abrió camino, pero el equipo del líder, paciente y preciso, fue cerrando el grifo. Y entonces llegó el momento que todos presentíamos.
El Bartolo. Primera categoría, rampas que pican de verdad y esos kilómetros de sterrato que convierten la bicicleta en un animal salvaje. Pogacar atacó. Limpió el camino con esa elegancia brutal que le caracteriza. Parecía que se iba solo otra vez. Pero Mas, que llevaba días guardando un fuego quieto, se enganchó. No solo lo alcanzó, sino que lo superó en la cima, se llevó los puntos y le miró de reojo. Dos rivales que se miden sin alzar la voz.
La bajada fue un suspiro contenido. Estrecha y traicionera. El esloveno se salió un segundo, rozó la hierba y casi se va al suelo. Mas le hizo un gesto con la mano, ese gesto de quien conoce el peligro y no quiere sangre. Recuperaron el ritmo juntos. Por detrás apretaban Roglic, Gall, Debruyne… pero el destino ya había elegido a esos dos. Llegaron a Castellón codo con codo, respirando el mismo aire denso de final de etapa.
El sprint fue de los que se escriben despacio. Pogacar no regaló nada. Victoria suya, la tercera en esta Vuelta. Mas segundo, con esa sonrisa cansada y orgullosa que dice más que mil gestos. El balear sube a la segunda plaza de la general y nos recuerda que esta carrera todavía late con fuerza española. El resto llegó casi medio minuto después, testigos de algo especial.
Uno se queda con la imagen de esos dos tipos pedaleando juntos después del susto. Con la sensación de que el ciclismo, cuando es grande, no necesita gritos. Solo tierra, silencio y dos almas que se respetan mientras se pelean.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




