
Andorra la Vella se despertó hoy con ese aire denso de las jornadas que huelen a historia. Tras el parón por el granizo del lunes, el pelotón se enfrentó a 104 kilómetros cortos y brutales, con tres mil metros de desnivel. Envalira, Beixalís, Ordino y La Comella: un circuito implacable. Y Tadej Pogacar, una vez más, lo dominó.
La fuga temprana se disolvió rápidamente. El pelotón llegó a Beixalís con los favoritos aún juntos, pero el esloveno no esperó. A unos cincuenta kilómetros de meta, en las rampas más duras, se levantó de la silla y se marchó. Gall intentó seguirle un momento, pero fue en vano. El resto del pelotón miró al vacío. Pogacar rodaba solo, tranquilo, como quien pasea por carreteras que conoce de memoria.
En Ordino, la diferencia ya superaba los dos minutos. El grupo perseguidor se formó a trompicones: Roglic, Mas, Kuss, Onley, Gall… nombres que normalmente pelean por segundos y hoy solo podían pelear por no perder demasiado. Carapaz y Skjelmose se quedaron algo atrás.
El esloveno coronaba cada puerto con una facilidad que irrita y maravilla a la vez, acumulando bonificaciones y puntos de montaña.
Al llegar a La Comella, el resultado estaba escrito. Entró en Andorra la Vella con casi dos minutos y medio de ventaja.
Detrás, un sprint de dignidad entre los perseguidores. Jarno Widar, un joven de veinte años, se llevó el segundo puesto. Gall y Onley completaron el podio de etapa. Mas y Roglic aguantaron el tipo. El resto del pelotón llegó a cuentagotas, con caras de haber visto un fantasma.
La clasificación general cambió de color de un plumazo. Pogacar se distanció de forma seria. Roglic queda segundo a más de tres minutos. Mas, Kuss, Onley… todos a una distancia que obliga a soñar con milagros o con un mal día del esloveno, que todavía no se ha visto.
Tras el Tour, este tipo sigue sin tope. Y la Vuelta, apenas en su cuarta jornada, ya tiene un dueño que no parece dispuesto a soltar el maillot rojo.
Hay algo casi injusto en verle pedalear así, esa mezcla de potencia y elegancia que hace que los demás parezcan de otra categoría. Hoy no hubo batalla abierta, sino una exhibición. Una de esas que se cuentan años después en las conversaciones de bar o en los desayunos de los equipos. Andorra se quedó callada cuando pasó solo por la avenida. Solo se oía el ruido de las ruedas y el susurro de quienes sabían que estaban viendo algo especial.
La carretera sigue. Mañana se entra de verdad en España. Habrá más montañas, más días duros, más oportunidades para que alguien diga basta. Pero esta cuarta etapa ya dejó una marca profunda. Pogacar no solo ganó; recordó a todos quién manda.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




