
Que etapa nos han regalado. Desde el pistoletazo en Granollers hasta ese repecho final en Les Angles, la tercera del Tour 2026 ha sido el primer aviso serio de que esto va en serio. Casi doscientos kilómetros con un desnivel que te machaca las piernas y un sabor a montaña de verdad, de esas que separan a los hombres de los niños.
Y en medio, el cruce a Francia, como si el Tour dijera: hasta aquí hemos jugado, ahora empieza lo bueno.
El pelotón salió prudente, con esa tensión que se palpa cuando nadie quiere gastar balas demasiado pronto. El Col de Toses hizo su trabajo: seleccionó, filtró y dejó claro que las piernas ya no estaban frescas del todo. Hubo movimiento en la escapada, sí, pero se intuía que el final iba a ser cosa de los pesos pesados. Y vaya si lo fue. Ese último kilómetro y medio, con pendiente que castiga, vio cómo se jugaban las cartas.
Pogačar, cómo no. El cabrón apareció cuando tocaba, con ese golpe de pedal que parece de otro planeta.
Remató limpio, potente, y se llevó la etapa por delante de un Vingegaard que mordió el manillar y no soltó ni un metro. Tercero Carapaz, ese ecuatoriano con corazón de león que siempre aparece en los días grandes. Pogacar no solo gana: le quita el amarillo al danés. Mismo tiempo, pero el golpe moral duele.
Se nota que Tadej viene enchufadísimo. No es solo fuerza, es esa inteligencia para elegir el momento. Vingegaard, por su parte, se mostró entero, sólido como un roble, pero ya se ve que tendrá que inventar algo más si quiere plantar cara de verdad. Y detrás, el equipo UAE parece un reloj suizo, con del Toro también metido en la pomada. Esto promete.
Uno ve estas llegadas y siente cosquillas en el estómago. Porque el Tour es esto esfuerzo callado durante horas y luego un puñado de segundos que lo cambian todo. Hubo caídas tontas, esfuerzo de los gregarios que se dejaron el alma y ese ambiente especial del primer día en suelo francés, aunque con menos gente de la que merecía por los incendios.
Al final del día, el maillot amarillo cambia de hombros y la carrera ya tiene otro color.
Todavía queda mucho, claro, pero las primeras grietas ya se ven. Y eso, amigos, es lo que nos engancha.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




