
Qué barbaridad de victoria. Tras el mazazo del Tourmalet, donde Pogacar recuperó el amarillo con esa autoridad que impone respeto, la séptima etapa nos traía un respiro aparente: 175 kilómetros llanos de Hagetmau a Burdeos, con el sol apretando y las piernas aún cargadas de montaña. Pero el ciclismo nunca regala jornadas tranquilas.
El pelotón rodó con inteligencia, vigilando la escapada sin darle demasiada ventaja. Y en el tramo final junto al Garona, se montó el circo de siempre: trenes a toda pastilla, nervios a flor de piel, codazos y frenazos. Soudal sin su hombre clave, Philipsen con ganas de revancha, Kooij ambicioso, Girmay peligroso… y ahí surgió Merlier.
Se movió con maestría entre el caos, esperó el instante preciso y lanzó un sprint demoledor, seco y potente. Cruzó primero con los brazos en alto, puños cerrados y un grito de desahogo que se oyó en todo Burdeos. Se bajó de la bici aún temblando de adrenalina, abrazando con fuerza a los compañeros que quedaban, con esa cara de “esto es para mí”. Celebración pura, visceral, de las que nacen tras varias etapas mordiéndose la lengua. Wærenskjold entró segundo con honor y Girmay tercero, siempre ahí.
Este Merlier es de los que gustan. Cuando las cosas se tuercen, responde con pedal y corazón. Ayer no ganó solo una etapa: se reivindicó delante de todos. Burdeos, tierra de sprints legendarios, volvió a vibrar con uno de los suyos.
Los de la general aprovecharon para guardar fuerzas. Pogacar, amarillo impecable, observaba desde atrás. Vingegaard y compañía, a lo suyo, sabiendo que la carrera sigue siendo muy larga.
Al final, esto es el Tour. Días de épica en la montaña y tardes de velocidad salvaje en llano. Merlier se llevó el triunfo y nos dejó con esa sensación tan bonita de haber visto ciclismo de verdad.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




