
¡Amigos del pedal! Hoy en las carreteras guipuzcoanas no hemos vivido ciclismo, sino una epopeya de barro, sudor y gloria. La mañana en Antzuola nació con un gris plomizo, donde el sirimiri se hizo verso y la carretera, un espejo de agonía. En los rostros de los corredores, la tensión de quien sabe que la Itzulia no es un trámite, sino una lucha contra una tierra que no quiere ser conquistada. No era un día para el lucimiento, sino para el riñón, el pulmón y esa capacidad de sufrimiento de los elegidos que han hecho de la bicicleta su forma de vida. ¡Qué sinfonía de esfuerzo bajo el cielo de Euskadi!
¡Pe
ro qué carnicería, amigos! Antes de la gloria en Bergara, la Itzulia nos partió el alma con las cicatrices de los que se quedaron en el camino. ¡Qué lástima lo de Juan Ayuso! El madrileño, con el estómago deshecho por problemas físicos, tuvo que poner pie en tierra. ¡Y lo de Mikel Landa! Arrollado por un coche médico, con el costado magullado y sin poder brillar en las cumbres. No olvidemos al joven Isaac del Toro, con un desgarro muscular que lo obligó a bajarse, ni a Javier Romo, que tras acariciar el cielo, volvió a besar el suelo. La Itzulia hoy exigía sangre y casta antes de entregar la txapela.
¡Y la carrera, una oda a la valentía bajo un diluvio! La táctica del Uno-X fue memorable, con cinco hombres en una fuga masiva que puso en jaque al maillot amarillo. Entre la niebla de Elosua, el ocaso de un gigante, Primoz Roglic, que se quedó sin cadena y perdió el podio ante los nuevos lobos. Pero en el momento de la verdad, surgió Andrew August. ¡Qué zarpazo! El estadounidense del Ineos lanzó un ataque seco en las rampas de Asentzio. Solo Raúl García Pierna, con un pundonor que recordó a las mejores tardes de nuestra radio, pudo seguirle, aunque finalmente tuviera que conformarse con la segunda plaza, que en estas condiciones sabe a triunfo absoluto.
¡Pero el nombre que hoy ilumina los cielos es el de Paul Seixas! ¡Qué animal de las dos ruedas, qué escándalo de chaval! A sus diecinueve años y medio, el lionés se ha coronado como el ganador más joven de la historia de esta ronda centenaria. No solo ganó tres etapas, sino que gestionó la soledad y los ataques con una madurez que asusta. Seixas no es una promesa, es una realidad aplastante que ha roto casi dos décadas de sequía francesa en las grandes vueltas de una semana. Hemos visto a un corredor que no entiende de jerarquías y que maneja el esfuerzo con la precisión de un relojero suizo, incluso cuando el destino le dejó solo frente a los elementos y las emboscadas del pelotón.
Lo que nos espera con este muchacho es la redefinición de una era. Seixas ya mira de tú a tú a los grandes colosos del presente; su futuro no tiene techo y sus registros en las subidas pulverizan los tiempos de los mejores. Es el Mesías que el ciclismo galo esperaba, un corredor total que vuela en la crono y devora las cumbres con suficiencia. Dicen los sabios que tiene ese algo especial, esa chispa que solo poseen los elegidos como Messi o Pogacar. Su destino es el amarillo del Tour de Francia, y lo que hemos visto esta semana en el País Vasco es solo el prólogo de una leyenda que acaba de empezar a pedalear hacia el Olimpo.
Hoy en Bergara no solo hemos cerrado una Itzulia épica, hemos asistido al nacimiento de un imperio. El ciclismo francés, que tanto ha buscado un heredero, ha encontrado en Seixas a su nuevo monarca, un joven que no teme a la lluvia ni a la historia. Paul Seixas se lleva la txapela a Lyon, pero nos deja a todos con la miel en los labios, soñando con el próximo puerto, con la próxima batalla. ¡Qué bendita locura es esta bicicleta! La carretera ha dictado sentencia y el veredicto es unánime: estamos ante el corredor que marcará la próxima década del deporte mundial.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales.
La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




