Ciclismo

::Ciclismo – Vingegaard asenta el golpe definitivo en Carí

Carì, ese rincón suizo colgado en las alturas del Tesino, ha visto hoy cómo Jonas Vingegaard vuelve a marcar territorio. Cuarta victoria en alto para el danés, y cada vez más claro que este Giro lleva su sello. No fue un zarpazo explosivo de los que rompen la carrera de golpe, sino algo más fino, más doloroso una aceleración medida, implacable, que fue dejando a los rivales con la lengua fuera y el alma en vilo.

La etapa 16, corta pero cabrona 113 kilómetros y casi 3.000 metros de desnivel, arrancó desde Bellinzona con las piernas ya pesadas de la tercera semana. Un inicio suave que pronto se complicó con ese circuito traicionero, pasando dos veces por Torre y Leontica. Rampas que no perdonan, curvas cerradas y un pelotón que rodaba tenso, sabiendo que todo se guardaba para el final. La fuga, numerosa y ambiciosa, llevaba nombres interesantes escaladores buscando gloria, puntos para la ciclamino y un rato de protagonismo. Pero el Visma no les dio tregua. Control serio, sin alardes, midiendo cada kilómetro.

Y llegó la subida definitiva a Carì. Once kilómetros y pico al 7,9% de media, con tramos que se endurecían hasta el 13% en los últimos metros. Una rampa constante, de esas que van minando el fuelle poco a poco, con alguna falsa plana traidora que te engaña. Ahí se vio la verdad. Vingegaard, con esa pedalada redonda y eterna que tiene cuando está en su salsa, se puso al frente. Primero marcando ritmo, luego apretando sin aspavientos. Los rivales se miraban, sufrían y perdían metros.

Felix Gall, el más entero de los mortales, aguantó como pudo a su rueda durante un rato. Jai Hindley, Thymen Arensman, Derek Gee… todos en fila, pagando el pato. A unos seis kilómetros y medio de meta, el danés se marchó en solitario. Sin gestos exagerados, solo esa progresión fría que duele más que un ataque brusco. Cruzó la meta con los brazos en alto y esa sonrisilla tímida que se le escapa cuando las cosas salen como deben.

Detrás, Gall entró a más de un minuto, Hindley y los demás sumando segundos que ya saben a resignación. Afonso Eulálio salvó los muebles como pudo, pero la brecha sigue creciendo.

Uno se queda con la boca abierta viendo esto. Vingegaard no solo gana domina. Controla el ritmo de la carrera, elige el momento y remata con una superioridad que asusta y enamora al mismo tiempo. Los rivales se señalan entre ellos, intentan reaccionar y acaban pagando caro. Hoy hubo de todo el esfuerzo callado de la fuga, el público suizo animando en las cunetas con ese calor mediterráneo del Tesino, paisajes de postal y ese sufrimiento puro que hace grande al ciclismo. Porque duele, vaya si duele. Duele en las piernas, en los pulmones y hasta en el alma cuando ves que un solo hombre está en otra dimensión.

Días como hoy alimentan la leyenda del danés. Sabe que aún quedan etapas duras por delante, trampas en la carretera que pueden cambiarlo todo. Pero en Carì ha vuelto a dejar su huella. El Giro sigue su curso, y él, con paso firme, lo va llevando hacia donde quiere.

Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales.

La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

 

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