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::Opinión – Una victoria para llorar

El Hércules gana 2-0, se coloca sexto y Beto saca pecho.

A alguno le chocará el título. Las victorias son para celebrarlas, no para llorar. Pero después de ver al Hércules ante el Rayo Majadahonda, uno ya no sabe si las lágrimas son de alegría, de desesperación o de ambas cosas a la vez.

Dos a cero. Sextos en la clasificación. Dieciséis puntos con solo diez goles a favor. A veces pienso que hay algún truco, porque esto parece más propio de un prestidigitador que de un equipo de fútbol. Pero cuando compruebo que cuatro de las cinco victorias han llegado ante equipos que hoy ocupan puestos de descenso, se me acaba la magia. Más aún después de pasarme noventa minutos preguntándome a qué juega este Hércules.

Si alguien consigue explicarlo, que levante la mano. Porque lo que vimos ayer en el Rico Pérez no lo arregla ni el resultado.

Después de dos derrotas consecutivas, especialmente del desastre de Tarragona, se esperaba una reacción. Algo. Un poco de orgullo, de ambición, de fútbol. Pero durante el primer tiempo no hubo prácticamente nada. Y durante buena parte del segundo, tampoco.

Enfrente estaba el Rayo Majadahonda, un equipo en puestos de descenso que, por momentos, parecía bastante más cómodo sobre el césped que el propio Hércules.

A falta de espectáculo, uno se hacía las preguntas de siempre. ¿Quién lleva el mando en el centro del campo? Atrás, los errores defensivos se repiten con una frecuencia preocupante. Y arriba, donde deberían aparecer los referentes, apenas aparecen las ocasiones.

No es que los delanteros fallen goles, que también. Es que muchas veces ni siquiera tienen oportunidad de fallarlos.

Y Beto, jornada tras jornada, cambia los nombres, cambia las posiciones, cambia los jugadores… Lo único que no consigue cambiar es el fútbol del Hércules.

Cinco novedades en el once inicial. Toda una revolución. Tres sustituciones de golpe en la segunda parte. Y, pese a tanto movimiento, el Hércules seguía exactamente donde estaba: sin profundidad, sin continuidad y sin capacidad para imponer su juego.

Hasta que llegó el minuto 75.

Y el fútbol, que a veces tiene más imaginación que un guionista de telenovelas turcas, decidió escribir otro desenlace.

Obeng recogió un balón cerca de su propia área y emprendió una galopada extraordinaria. Dejó atrás a cuantos le salieron al paso y encontró a Víctor Narro, que resolvió con una calidad exquisita.

Gol. Uno a cero.

El Rico Pérez pasó de los pitos al éxtasis en un abrir y cerrar de ojos.

Pero como la felicidad del herculano suele venir con fecha de caducidad, nueve minutos después llegó el empate del Rayo Majadahonda.

Otro error defensivo. Otro disgusto. Otra vez la misma película.

Por suerte, el VAR, que unas veces te quita, ayer estuvo de cara y anuló el gol por fuera de juego.

Lo que no pudo anular fue el disparate defensivo que lo había provocado.

Y aquí conviene detenerse un momento. Porque si aquel empate hubiera subido al marcador, probablemente hoy estaríamos hablando de otro fracaso, de una afición desesperada y de un entrenador cuya continuidad empezaría a discutirse seriamente.

Una revisión de VAR puede decidir si un gol vale o no. Lo que no puede decidir es si un equipo ha jugado bien o mal.

Después, en el descuento, Obeng y Narro volvieron a encontrarse. Otra contra magnífica. Otro gol del balear. Dos a cero. Y a casa con tres puntos que, apenas un cuarto de hora antes, parecían una quimera.

Y después llegó Beto a la sala de prensa.

Contento, naturalmente. Había ganado dos a cero, mantenido la portería a cero y recuperado tres puntos después de dos derrotas. Hasta ahí, nada que objetar.

Lo sorprendente llegó cuando empezó a responder a las críticas. No precisamente a las de este partido, sino a las que parecía llevar guardadas desde semanas atrás. Y, con el 2-0 en el bolsillo, encontró el momento perfecto para pasar factura.

«Yo creo que sois muy pesimistas todos», dijo. Y añadió, con cierta ironía, que quizá se había equivocado y estaba entrenando en la Champions League en lugar de en Primera RFEF.

Tranquilo, Beto. Nadie te está pidiendo que ganes la Champions. Y mucho menos que juegues como un equipo de Champions. Nos conformaríamos, de momento, con reconocer a un Hércules capaz de imponerse futbolísticamente a un rival de la zona de descenso. Porque, por mucho que lo elogiara el entrenador, el Rayo Majadahonda tampoco dio la impresión de parecerse al PSG.

Beto habló de la energía de los cambios, del valor de su plantilla y de la calidad individual que permitió resolver el partido. Y en esto último tiene razón. Obeng y Narro estuvieron extraordinarios.

Pero el Rayo Majadahonda continuó llevando la iniciativa incluso después de las sustituciones. Dos acciones brillantes no convierten automáticamente una segunda parte mediocre en una exhibición colectiva.

Y no, Beto. No es pesimismo. Es haber visto el partido. Y el anterior. Y el anterior del anterior.

Porque la preocupación del herculanismo no nace de una derrota aislada ni de un capricho de la prensa. Nace de comprobar que pasan las jornadas y el equipo sigue sin encontrar una identidad.

Una victoria no concede inmunidad a la crítica. Del mismo modo que una derrota tampoco convierte automáticamente en inútil todo el trabajo realizado.

Y la responsabilidad no es únicamente del entrenador.

Año tras año llegan futbolistas que no parecen mejorar a los que se marchan. Se renuevan las plantillas, cambian los nombres, se anuncian nuevas ilusiones y, cuando empieza a rodar el balón, volvemos a encontrarnos con demasiados problemas conocidos.

Y aquí aparece la paradoja más desesperante de todas.

Dieciséis puntos. Diez goles a favor. Sextos en la clasificación.

Si este Hércules, que no demuestra ser superior a casi nadie, que apenas genera fútbol y que necesita dos genialidades individuales para derrotar a un equipo en descenso, está sexto, ¿dónde estaría si alguna temporada se acertara de verdad en la confección de la plantilla?

Beto dice que somos demasiado pesimistas. Que la categoría es durísima. Que hay que estar contentos porque hemos ganado. En eso tiene razón.

Pero no hace falta que nos recuerde en qué categoría estamos. Llevamos demasiados años intentando salir de ella como para olvidarlo.

Y precisamente por eso nos preocupa tanto lo que vemos.

Porque lo verdaderamente triste no es que este Hércules juegue tan poco y esté sexto.

Lo que de verdad da ganas de llorar es otra cosa:

Imaginar dónde podría estar si alguna vez jugara a la altura de sus aspiraciones.

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