

Dicen que cuando uno no tiene nada de qué hablar, acaba hablando del tiempo.
Y reconozco que, después de lo visto en Algeciras, escribir otro artículo de opinión sobre este Hércules se me hace bola.
Así que hoy voy a hablar del tiempo.
Pero no del meteorológico. Ni del frío ni del calor.
Hay una frase que solía repetir el célebre inversor Warren Buffett: «Se necesitan veinte años para construir una reputación y cinco minutos para arruinarla».
Y me viene a la cabeza porque, salvando las distancias, en el Hércules sucede algo parecido con las ilusiones. Cuesta muchísimo recuperarlas y sorprendentemente poco volver a perderlas.
Basta con mirar el calendario.
Más de un año para volver al playoff. Cinco días para salir.
432 minutos sin encajar un gol. Y dos recibidos en una sola parte.
Trece años intentando regresar al fútbol profesional. Y todavía no sabemos cuánto más hay que esperar.
En el Hércules, el tiempo pasa de una manera extraña: las alegrías duran minutos y las decepciones se alargan por temporadas.
El sábado, en Algeciras, volvimos a comprobarlo.
El equipo de Beto Company llegó al Nuevo Mirador después de cinco jornadas sin perder, con la portería blindada y la ilusión de haberse instalado, por fin, entre los aspirantes al ascenso.
Pero bastó que el Algeciras saliera con más intensidad, más decisión y más ganas de ganar para que aquella aparente seguridad empezara a desmoronarse.
Al descanso, nueve disparos locales por solo tres del Hércules. Y después, dos goles que confirmaron la superioridad de un Algeciras que había llevado la iniciativa desde el primer minuto.
Ocho partidos. Seis goles conseguidos. Tres derrotas.
No parecen números de un equipo que aspire seriamente a regresar al fútbol profesional.
Y no es solamente cuestión de puntería. Para fallar ocasiones, primero hay que crearlas. En Algeciras, Beto terminó acumulando delanteros, pero ni siquiera así consiguió generar el peligro necesario para cambiar el resultado.
En Algeciras esperaban a uno de los grandes de la categoría. Un histórico con una de las plantillas más potentes del grupo. Un rival que llegaba en buena dinámica y al que había que respetar.
Y se lo tomaron en serio. Tanto que terminaron encontrándose con un Hércules que tardó casi toda la primera parte en dar señales de vida.
El Hércules sigue imponiendo mucho respeto antes de los partidos. El problema es que cada vez impone menos durante ellos.
«No me ha gustado el equipo», reconoció Beto Company nada más comenzar su rueda de prensa.
Esta vez, entrenador y afición parecen estar completamente de acuerdo.
Después habló de intensidad, de competir al cien por cien durante todos los minutos y de reconocer la superioridad del rival.
Todo cierto.
Pero quizá haya llegado el momento de preguntarse por qué, después de ocho jornadas, todavía necesita recordarles a sus jugadores algo tan elemental como competir durante los noventa minutos.
A estas alturas, el aficionado del Hércules empieza a acostumbrarse a mirar la clasificación de abajo arriba. Pronto volverán las calculadoras, las combinaciones de resultados y esa vieja costumbre de depender de lo que hagan los demás.
Lo verdaderamente agotador no es perder un partido. Es tener la sensación de que, por mucho que cambien los jugadores, los entrenadores o las temporadas, siempre terminamos haciendo las mismas cuentas.
Y volvemos a esa extraña desproporción del tiempo: tan breve para las alegrías y tan interminable para las esperas.
Beto necesitó cinco minutos de rueda de prensa para reconocer que no le había gustado su equipo.
A nosotros nos bastan tres segundos para darle la razón.
Y, ya que hoy hemos hablado tanto del tiempo, me viene a la memoria aquel tango de Gardel que decía que veinte años no es nada.
Aquí llevamos trece sin fútbol profesional y a mí ya me parecen una eternidad.
¿Cuántos más tendremos que esperar para poder cantar aquello de «Volver»?



