
Dicen que la felicidad está hecha de pequeños momentos. En nuestro caso, pequeñísimos. Ni dos minutos, para ser exactos. Samu marcó en el 14 y en el 16 ya habían empatado…Lo justo para ilusionarse, escribir un WhatsApp al grupo futbolero y no tener tiempo ni de enviarlo…
A veces, la felicidad del Herculano es tan fugaz como la alegría de un gol en fuera de juego, o tan breve como el tiempo de descuento cuando vas perdiendo.
A mí, sin ir más lejos, me duró lo que tardé en levantarme del sillón para ir a la nevera, coger una cerveza para celebrar el cero a uno y descubrir, al regresar con el botellín, que ya nos habían empatado.
Ni tiempo para brindar…
Y aquello no había hecho más que empezar.
Del cero a uno al cuatro a uno.
Y sin anestesia.
Diecinueve minutos bastaron para encajar cuatro goles. El último, desde el centro del campo, por aquello de que, puestos a perder a lo grande, ¿por qué no permitir que te la enchufen desde el círculo central, como en esos concursos de tiros a puerta que se organizan en los descansos para entretener a los aficionados? Solo faltó que Eugeni se llevara un jamón de premio.
Al descanso, Beto cambió a cuatro jugadores. Me pregunto qué habría pasado si el reglamento le hubiera permitido cambiar a los once. Después, quizás porque el Nàstic se relajó o porque los cambios surtieron efecto, el equipo mejoró, marcó el segundo y terminó perdiendo 4-2.
El problema de este Hércules no es que te quite la ilusión. Es que te la suele devolver justo antes de volver a quitártela. Ya ocurrió hace dos semanas, cuando el equipo se metió en puestos de playoff para salir de ellos en la jornada siguiente.
Hoy la ilusión ha durado lo que un quinto de cerveza en un chiringuito en pleno agosto.
Después del partido, Beto explicó que, si dejas de competir veinticinco minutos, te meten cuatro goles. Una observación impecable. El problema es que hace una semana, tras perder en Algeciras, ya había advertido de algo parecido. Y siete días después volvemos a lo mismo.
Torrecilla fue destituido el pasado noviembre con seis derrotas en doce jornadas. Beto lleva cuatro en nueve. Las cifras empiezan a parecerse peligrosamente. Y si algo hemos aprendido en este club es que los proyectos deportivos tienen, a veces, la misma esperanza de vida que el 0-1 de Tarragona.
Y una pregunta incómoda: cuando los proyectos deportivos fracasan año tras año, ¿no habría que poner también el foco en quienes eligen a los entrenadores y no solo en quienes ocupan el banquillo?
En cualquier caso, el próximo partido volveremos a ilusionarnos. Es inevitable. Ser del Hércules consiste precisamente en eso: en creer que esta vez será diferente, aunque llevemos mucho tiempo comprobando lo contrario.
Pero todo lo que no sea ganar el próximo partido en el Rico Pérez podría hacer que el siguiente artículo lleve por título «La insoportable levedad del banquillo».




