
Hay algo maravilloso en el comienzo de una temporada de fútbol.

Llega el verano, aparecen caras nuevas, vuelven los entrenamientos, se anuncian fichajes, estrenamos camiseta y uno empieza a convencerse de que esta vez sí. Que este año será diferente. Que los errores del pasado han servido para algo.
Y volvemos al Rico Pérez. 15.689 personas volvimos ayer.
Durante el camino hacia el estadio recuperé esa ilusión absurda y maravillosa que tenemos los aficionados al comenzar cada temporada. Todo estaba todavía por escribir. Incluso imaginé, por qué no, un Hércules distinto. Ambicioso desde el minuto uno, porque quien aspira a ser campeón de su grupo o, al menos, a subir de categoría en los play offs, debe salir a ganarlo todo. Especialmente en casa.
Noventa minutos después ya teníamos la primera en la frente.

El Murcia ganó 1-2 un clásico que volvió a resultar bastante más clásico por el nombre que por el espectáculo. Dos equipos igualados, pocas ocasiones y una diferencia fundamental: el Murcia marcó y el Hércules no. Porque ni siquiera el gol herculano fue suyo, sino de un defensor murciano en propia puerta.
Y esto último empieza a sonarnos demasiado.
Antoñín tuvo dos buenas oportunidades en la primera parte. Después llegaron algunos centros y algunas llegadas más. Pero en este fútbol moderno de sistemas, bloques altos, medios, bajos o basculación, transiciones, pasillos interiores, presión tras pérdida y demás terminología, hay algo muy simple que sigue siendo imprescindible para ganar un partido: meter la pelota en la portería contraria.
Y aquí eso cuesta demasiado.
El Murcia necesitó muy poco. Javi Moreno aprovechó la suya. Flakus, prácticamente también. Dos golpes y tres puntos para Murcia.
Y entonces ocurrió una de esas cosas que solo el fútbol es capaz de explicar.
Con 0-1 y mientras seguían cayendo balones sobre el área murciana, algunos empezamos a mirar al banquillo.
Fran Sol.
Que salga Fran Sol.
Necesitamos a Fran Sol.
Sí, Fran Sol.
El mismo por el que tantas veces nos desesperamos la temporada pasada porque buena parte de sus goles llegaban solo desde los once metros. Ayer, en cambio, mirábamos al banquillo como quien espera la llegada de Haaland.
Hasta llegué a pensar que, con un poco de suerte, podía caer algún penalti en el descuento y aquello se arreglaba como tantas veces el año pasado.
Hay que reconocer que el fútbol consigue cosas extraordinarias: convertir en pocos meses nuestras protestas de ayer en nuestras esperanzas de hoy.
Es solo la primera jornada. Conviene repetirlo.

Sería absurdo condenar a Beto Company y a este Hércules después de noventa minutos. Hay jugadores nuevos que necesitan tiempo, automatismos que deben construirse y una temporada larguísima por delante.
Pero también sería absurdo fingir. Y esto se parece mucho a lo de siempre.
Los fantasmas del pasado, por lo visto, no han necesitado ni pretemporada. Están en plena forma: Falta de gol. Fragilidad en los momentos decisivos. Desajustes defensivos. Dificultades para imponerse en el centro del campo. Mucha voluntad para llegar al área, pero demasiados problemas para convertir esas llegadas en verdadero peligro.
Días antes del partido vimos operarios con brochas y rodillos intentando adecentar un Rico Pérez al que los años hace tiempo que dejaron de sentarle bien.
También se han colocado trampas para evitar que las avispas piquen a los aficionados.
Todo un detalle.
Lo malo es que a alguien se le olvidó poner alguna trampa para el Murcia, que llegó poco, picó dos veces y se llevó los tres puntos. Y así, en lugar de alimentar la ilusión y darnos motivos para creer, toca empezar otra vez a remolque.
Bienvenida sea la pintura. Porque falta le hace al estadio.
Pero hay cosas que no se arreglan con una mano de pintura.
Con el Hércules ocurre algo parecido. Podemos cambiar nombres, presentar fichajes, renovar el discurso y volver a llenar el estadio de esperanza cada mes de agosto. Pero para convencernos de que algo ha cambiado no basta con parecer distintos.

Hay que serlo.
No sé todavía si este Hércules lo será.
Nadie debería saberlo después de un solo partido.
Pero ayer, durante demasiados minutos, se pareció peligrosamente al que ya conocíamos.
El próximo domingo habrá partido.
Y seguramente volveremos a creer. Porque el aficionado puede perder un partido, dos, diez y hasta la paciencia, pero hay algo que se resiste a perder: la esperanza.

Es como el que paga el gimnasio todo el año convencido de que algún lunes empezará a ir.
Quizá por eso 15.689 personas fueron ayer al Rico Pérez.
No fueron a comprobar si habían pintado una pared.
Fueron esperando descubrir que, debajo de esa pintura, había por fin algo nuevo.




