
El ciclismo, ese deporte ingrato y maravilloso, donde un día desayunas con la gloria y al siguiente te muerdes el polvo en una cuneta de la Tracia. Lo de hoy en Plovdiv no era una salida normal, era un funeral sobre ruedas. Seis ciclistas, seis valientes, se quedaron en el hotel rumiando su desgracia tras el desastre de ayer en Veliko Tarnovo. Duele, miren que duele, ver al UAE Team Emirates, ese trasatlántico que venía a comerse el mundo, convertido en un barco a la deriva antes de pisar siquiera suelo italiano. Ver a Marc Soler con la pelvis rota y a Adam Yates con la cara hecha un mapa por culpa de esos guardarraíles que son auténticas cuchillas te hace plantearte si nos estamos volviendo locos con la seguridad. A este drama hay que sumar la baja de Jay Vine, evacuado al hospital con una fractura de codo que le aparta de la lucha cuando más se le necesitaba. Es de una crueldad extrema un equipo que asustaba por su profundidad se encuentra ahora mermado, casi en los huesos y herido de muerte en su estructura vital tras la carnicería de ayer.
Pero es que este Giro de 2026 nos está saliendo respondón y un tanto surrealista. ¿Saben qué es lo que ha tenido a medio pelotón con las piernas de trapo y la mirada perdida? Una vaca. Sí, han oído bien. Una vaca belga. Resulta que el famoso “Toro” Arnaud De Lie y medio equipo Lotto están pasando un calvario por culpa de una infección bacteriana, el dichoso Campylobacter, contraído por el estiércol que salpicaba en las clásicas de las Ardenas. Es de una ironía cruel ver a un portento como De Lie sufriendo lo indecible en el Borovets Pass, vacío de fuerzas, mientras su compatriota Campenaerts le pasaba un bidón con la ternura de un hermano mayor. El ciclismo es esto: épica en la miseria y solidaridad en el fango.
Mientras tanto, en la carretera, tenemos a un madrileño que nos está devolviendo la fe. Diego Pablo Sevilla es un metrónomo, un relojero de los que ya no quedan. El tío no falla. Se metió en la fuga con Tarozzi y Tonelli y se dedicó a lo que mejor sabe hacer: coronar puertos. Se llevó el Borovets Pass, ese coloso de nueve kilómetros que hoy parecía el Mortirolo para los que arrastraban las heridas de ayer, y consolidó esa Maglia Azzurra que le sienta como un guante. Sevilla es de esos corredores que honran el oficio, que no necesitan grandes titulares para demostrar que tienen el corazón más grande que el pecho.
Por detrás, el pelotón navegaba en una calma tensa, comandado por el Astana del sorprendente líder Guillermo Thomas Silva, el uruguayo que sigue viviendo su sueño de rosa. Y ojo a Egan Bernal, que ahí sigue, agazapado, tercero en la general y luciendo el dorsal azul del Kilómetro Red Bull como quien guarda un as en la manga para cuando lleguen las cuestas de verdad en Italia. El de Zipaquirá sabe que este Giro es de desgaste y que, en este juego de supervivencia, el que no se cae es el que acaba ganando.
El final en Sofía fue una auténtica pista de aterrizaje, rectas infinitas donde el aire quemaba los pulmones. Parecía que Jonathan Milan, ese tanque italiano que cuando arranca parece que va a arrancar los adoquines, lo tenía en el bolsillo. Pero entonces apareció él. Paul Magnier. El niño que no tiene miedo a nada. Con una frescura insultante y una lectura de carrera de veterano, el francés del Soudal se pegó a la rueda de Milan y le batió en un suspiro, en un fotofinish de esos que te dejan el pulso a doscientos. Doblete para el chaval y un aviso a navegantes: hay una nueva estrella en el firmamento de la velocidad.
Se acaba el periplo búlgaro y ahora toca el salto a la bota, a Calabria, donde el Giro se pondrá serio. Nos vamos con el sabor agridulce de las bajas, con la sorpresa de Magnier y con la esperanza de ver a los nuestros dar guerra. La carretera siempre tiene la última palabra y nosotros, hijos de nuestro tiempo, solo podemos sentarnos y disfrutar de esta romería que nunca deja de sorprendernos.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




