Ciclismo

::Ciclismo – Enric Mas desata la tormenta en Calar Alto y Omrzel toca el cielo

 

La duodécima etapa de la Vuelta a España ha dejado una huella imborrable en el asfalto almeriense. Calar Alto, un coloso despiadado, se erigió como el juez supremo de la carrera. El pelotón sabía que los fantasmas del pasado sobrevolaban la mente del líder. El calor aplastaba los pulmones y derretía las voluntades en lo que el pelotón bautizó como la Operación Estufas. Hacía falta tener las piernas de acero y el corazón de hielo para sobrevivir a este calvario.

Desde los primeros kilómetros, la carretera fue un polvorín. El Alto de Cóbdar y el Collado García presenciaron una escaramuza preciosa por el maillot de la montaña. Wout van Aert y Santiago Buitrago se sacaron chispas en cada cima, retorciéndose sobre la bicicleta para sumar puntos vitales. Un espectáculo bellísimo. Buitrago no solo buscaba la gloria personal, sino que también preparaba el terreno para la gran jugada de su equipo.

Esa fuga numerosa albergaba un peligro silencioso: Jakob Omrzel. Un chaval esloveno de apenas veinte años, décimo en la general, que no conoce el significado de la palabra miedo. Al ser una amenaza real para la camiseta roja, el equipo Movistar tuvo que asumir el peso de la persecución desde muy temprano. Las piernas dolían, pero el guion exigía vaciarse por completo.

Cuando las rampas de Calar Alto comenzaron a morder, Decathlon quiso reventar la carrera. Pusieron un ritmo infernal que despedazó al grupo de los elegidos. Enric Mas se quedó huérfano. Sus escuderos, Iván Romeo y Pablo Castrillo, cedieron ante la velocidad endiablada de los rivales. Todo parecía preparado para una emboscada monumental. Felix Gall y Primoz Roglic afilaban los cuchillos, esperando el momento exacto para dar la estocada definitiva.

El líder balear recordaba amargamente aquel fatídico día de 2017, cuando llegó a esta misma cima enfermo y perdiendo un mundo de tiempo. Pero hoy llevaba la roja sobre los hombros, y esa prenda te da unas alas invisibles. A falta de trece kilómetros para tocar las nubes, Felix Gall lanzó un latigazo tremendo. Solo Mas y Roglic pudieron soldarse a su rueda, mientras Richard Carapaz perdía comba, ahogado en el ácido láctico.

Entonces llegó el momento mágico de la jornada. Doce kilómetros para la meta y un hachazo para los libros de historia. Mas se levantó sobre los pedales y soltó un ataque brutal, una aceleración seca e incontestable. Roglic y Gall cruzaron miradas de pura impotencia porque el mallorquín iba desatado hacia la gloria. La montaña rugía a su paso y el asfalto parecía plegarse a su voluntad.

La pizarra del Movistar funcionó con una precisión exquisita. Por delante rodaba Raúl García Pierna, tras haber sobrevivido a la escapada matinal. El madrileño esperó a su líder y se dejó el alma tirando en las rampas más crueles. Qué derroche de pundonor y compañerismo. Esa unión de fuerzas resultó ser un golpe psicológico demoledor para los perseguidores, que veían cómo la brecha se abría segundo a segundo.

En la cabeza de carrera, el jovencísimo Omrzel culminaba su obra de arte. Dejó clavado a Urko Berrade y voló en solitario hacia la línea de meta. El corredor del Bahrain Victorious cruzó la llegada para firmar una victoria majestuosa que consagra a una nueva estrella en el firmamento ciclista. Una auténtica barbaridad lo de este chico.

Minutos después, el terremoto definitivo sacudió Calar Alto. Enric Mas cruzó la meta exprimiendo hasta su último aliento y logrando endosar veintisiete valiosos segundos a Roglic y Gall. La afición y los analistas saben que esta renta es oro puro frente a la temida contrarreloj final, donde el esloveno es el gran favorito. Este puñetazo sobre la mesa de proporciones épicas silencia cualquier duda y afianza su liderato con letras de oro. Ha domado sus fantasmas y ha conquistado la montaña andaluza.

Les invito a leer todos los días en la página y seguir mis crónicas tanto en mi página como en esta misma. Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

David García

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