
Hoy, en el Giro de Italia, el ciclismo dejó de ser un deporte de números para convertirse en pura emoción. Entre las ruinas de Paestum y el caos de Nápoles, vivimos una jornada épica. No hablo solo de tiempos o de estrategias; hablo de esa agonía que se siente en los huesos cuando el cielo de Campania se vuelve plomo y el asfalto se convierte en hielo. 141 kilómetros de tensión que terminaron con el grito de Davide Ballerini en la Piazza del Plebiscito, con los brazos alzados mientras el carbono crujía y los sueños de los velocistas se estrellaban contra el pavés mojado.
Veníamos de la victoria de Igor Arrieta en Potenza, que nos devolvió la fe en el ciclismo de raza. El pelotón salió de Paestum con la calma de quien sabe que tiene una trampa delante. Nápoles no es una ciudad para finales limpios. Es un laberinto de sentimientos, de aceite acumulado y de adoquines de lava volcánica que se convierten en cuchillas con la lluvia. Salimos con el sol acariciando las columnas griegas, un contraste con lo que nos esperaba. En medio de esa paz, la serpiente multicolor se retorció buscando la sombra del Vesubio, testigo de cómo los hombres se juegan la gloria por un segundo.
La escapada no tardó en formarse. En este Giro no se regala nada. Alpecin-Premier Tech, con el orgullo herido tras perder a Kaden Groves, lanzó a Planckaert y Vergallito a una aventura necesaria. A ellos se unieron los del Bardiani, Tarozzi y Marcellusi, y Mattia Bais, un imán para las fugas. Llegaron a tener tiempo, pero el pelotón tenía otro hambre. Lidl-Trek y Soudal-Quick Step controlaron la diferencia con precisión, sabiendo que el Blockhaus asoma mañana y que hoy era el último cartucho para los velocistas.
Pero al entrar en los suburbios, la atmósfera cambió. Lo que era un paseo costero se convirtió en una guerra urbana. Rotondas, mobiliario urbano y la marea humana napolitana. Y llegó la lluvia. No un diluvio, pero ese chirimiri que hace que el aceite florezca a falta de cuatro kilómetros. Vimos a Jonas Vingegaard rodando atrás, en la nueva táctica de la Visma de evitar las montoneras, inteligente pero arriesgada. “Puedes perderlo todo en un día así”, decía el danés, y tenía razón.
El final fue un poema de dolor y astucia. En el último kilómetro, en la curva a la izquierda que desemboca en los adoquines, el Unibet Rose Rockets llevaba a Dylan Groenewegen en volandas. El neerlandés quería su parte, pero en el ciclismo la línea entre el éxito y el hospital es un milímetro de neumático. Groenewegen besó el suelo, el impacto del carbono contra la piedra sonó a tragedia y la montonera fue inevitable. En ese caos, donde otros frenan, Ballerini aceleró. El italiano de la XDS Astana, perro viejo, lanzó un sprint largo y agónico sobre el pavés húmedo.
Ballerini cruzó la meta con la cara manchada de barro napolitano, rompiendo una sequía y demostrando que en el Giro el que no arriesga no gana. Jasper Stuyven intentó cerrarle el hueco y Paul Magnier buscaba el triplete con la insolencia de la juventud, pero hoy la victoria fue italiana. Por detrás, la general se mantuvo en equilibrio. Afonso Eulálio salvó la maglia rosa en un día que pudo ser su tumba, demostrando que el liderato da alas pero exige sangre fría, que este chaval está aprendiendo. Y nuestro Igor Arrieta, ahí sigue, de blanco, como un príncipe esperando su momento en las cumbres que nos esperan mañana.
Ha sido una batalla que se queda grabada, una mezcla de belleza y dureza que solo este deporte nos da. Nápoles nos regaló su caos y Ballerini su corazón. Mañana, el Blockhaus, con su final en alto terrorífico, será el primer gran examen para los capos. Allí no valdrán excusas del asfalto mojado o la mala colocación. Allí será el hombre contra la montaña, el pulmón contra la pendiente. Pero esa es otra historia.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas.
La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




