
El día amaneció gris, como si el cielo hubiese decidido adelantarse a los acontecimientos. Fue el preludio de lo que vino después: esa llovizna fina, ese chirimiri que va calando el ánimo, una especie de calabobos que no incomoda lo suficiente como para obligarte a quedarte en casa, pero sí lo justo para generarte dudas. Un presagio.
Muchos decidieron ir.
Cinco mil, más o menos. Cada vez menos, pero ahí estaban. Los de siempre. Los que siguen yendo aunque el equipo ya no dé motivos.
Fueron confiando que se podía ganar al penúltimo, que habría una reacción tras la goleada de la semana pasada, que la tarde podía ser entretenida.
Pero ni eso.
Mientras aquí el partido se disolvía como la lluvia sobre el cemento, en otros lugares el fútbol sigue siendo otra cosa. En Elda, por ejemplo, las tardes se viven con el pulso acelerado, con la sensación de que cada partido importa. En otros estadios, en otras ciudades, incluso en barrios donde equipos como el Europa se aferran al play off como quien aún cree en lo que hace, el balón todavía importa. Todavía emociona. Aquí no.
Aquí el partido empezó como había amanecido el día: sin luz, gris, apático.
Un primer tiempo sin relieve, sin pulso, sin una sola jugada que alterara el ritmo de los corazones. No es que no hubiera gol. Es que no hubo nada. Ni un córner al que agarrarse. Ni una aproximación limpia. Ni siquiera ese gesto mínimo que invita a pensar que algo puede pasar.
Nada.
Solo un transcurrir plano, espeso, casi indiferente. Y así, poco a poco, el partido se fue convirtiendo en otra cosa. En una espera. En un silencio compartido. En una tarde que se consume sin dejar nada en la memoria.
Luego llegó la expulsión, los intentos atropellados, la confusión. Pero ni siquiera eso alteró el pulso de lo que ya estaba decidido: que nada iba a pasar.
Hasta que cayó la tormenta. De golpe. Tarde. Cuando ya daba igual.
El agua empapó las gradas, aceleró las salidas, empujó a los últimos a levantarse de sus asientos. Fue lo único que llegó con decisión, sin dudas, sin titubeos.
Lástima que lo hiciera cuando ya no servía para nada.
Porque si hubiera llegado antes, quizá habría evitado a muchos el aburrimiento de asistir a otro partido sin alma. A otra tarde sin fútbol. A otra página en blanco en una temporada que, a seis jornadas del final, ya ha dejado de escribirse.
Y eso es lo peor. No el empate. No la clasificación. Ni siquiera el juego.
Lo preocupante es la costumbre. Vivir con la misma canción año tras año.
¿Se acuerdan de aquella?
Ojalá que llueva café en el campo… Ya nos conformábamos con eso, porque pedir que lluevan goles empieza a ser demasiado.
Aquí, con que cayera algo —un gol, alguna emoción, una razón para volver— bastaría.
Nos hemos acostumbrado a cantar bajo la lluvia —o bajo el sol—, y no precisamente de alegría.
Cuando ya no se puede hablar de lo que importa…solo queda hablar del tiempo.




