Ciclismo

:: Ciclismo – Basauri dicta sentencia la epopeya y el dolor se citan en El Muro Vizcaíno

¡Qué barbaridad, amigos míos, qué manera de romperse el alma contra el asfalto! El ciclismo, ese deporte bendito y cruel, te besa en la frente por la mañana y te quita el pan de la boca antes de que el sol se ponga tras los montes de Vizcaya. Hoy, en Basauri, en la olla a presión de Basozelai, donde el aire pesa y los pulmones arden, hemos asistido a una jornada de las que se quedan grabadas, no por las cifras, sino por las cicatrices. Amanecía la Itzulia con ese cielo plomizo, tan nuestro, tan de emboscada, con una neblina que se agarraba a las faldas del Nervión como queriendo ocultar la tragedia que estaba por venir. Porque hoy, señores, el ciclismo nos ha devuelto a la realidad más cruda: la gloria de unos se construye, muchas veces, sobre los cristales rotos de los sueños de otros.

Y el sueño que hoy se ha hecho añicos tiene nombre y apellido: Isaac del Toro. ¡Qué lástima, de verdad, qué nudo en la garganta se nos ha quedado al ver al “Torito” de Ensenada hincar la rodilla! Apenas se estaban acomodando los dorsales, con la carrera aún buscando su sitio, cuando el asfalto, ese juez implacable que no entiende de talentos ni de esperanzas, ha decidido que el camino de Isaac terminaba ahí. Un zarpazo seco, una caída de esas que suenan a final, y el mexicano se iba al suelo entre gestos de un dolor que traspasaba la pantalla. Ver a Del Toro subir a la ambulancia, con la mirada perdida y el maillot del UAE hecho jirones, es ver cómo se apaga la luz de un ciclista que pedalea con el alma en los labios. Isaac no es solo un corredor; es la promesa de una estirpe valiente que hoy ha tenido que claudicar ante la dureza de una Itzulia que no perdona ni el más mínimo despiste.

Fíjense ustedes en la crueldad del destino: el UAE llegaba con una constelación de estrellas para arropar al mexicano, y en un abrir y cerrar de ojos, se quedaban huérfanos de su líder más carismático. Isaac, que ya venía sufriendo, que buscaba hoy esa redención que solo se encuentra en las rampas imposibles, ha tenido que decir adiós con el corazón encogido. Las redes sociales ya empezaban a afilar los cuchillos, hablando de falta de punch o de decepción, pero hoy el silencio es la única respuesta digna ante la desgracia de un chaval que lo da todo. El ciclismo, amigos, es un deporte de valientes, y del Toro lo es, aunque hoy la carretera le haya negado el saludo. Qué vacío deja el “Torito”, qué manera de recordarnos que en este circo de dos ruedas la salud es el único vatio que realmente importa.

Pero la carrera, como la vida, no se detiene ante el llanto. Tras el impacto emocional, surgió la rabia, la casta de los que se quedan para honrar al compañero caído. Y ahí apareció Igor Arrieta, ¡qué planta, qué riñones los del navarro! Se metió en un corte de dieciséis hombres, un grupo de elegidos donde se hablaba mucho francés y se mascaba mucha tensión. Arrieta, con ese apellido que pesa como el plomo y brilla como el oro en estas tierras, decidió que hoy era el día de dejar de ser “el hijo de” para ser simplemente Igor. En las rampas de Sarasola, cuando el ácido láctico quema y el aliento se vuelve fuego, el del UAE lanzó un latigazo que solo pudo seguir un Axel Laurance que parece tocado por una varita mágica este año. ¡Ojo al dato, que Arrieta puso el corazón encima del manillar y nos hizo soñar con la épica!

El final en Basauri fue un poema al esfuerzo. Entraron Arrieta y Laurance en ese último kilómetro que pica hacia arriba con una saña casi personal, con rampas de hasta el 9% que te piden los papeles a cada pedalada. Arrieta lo intentó, lanzó el sprint con la fe del carbonero, buscando ese triunfo que hubiera sido el mejor bálsamo para un UAE herido. Pero Laurance, ese galo que tiene una punta de velocidad criminal, aguantó el tirón sentado sobre el sillín, con una sangre fría que asusta, y le robó la cartera al español en los últimos metros. Victoria para Francia, la tercera de tres, confirmando que este año la Itzulia habla francés con un acento que nos está empezando a doler. Arrieta cruzó segundo, con la rabia contenida, pero con la cabeza muy alta por haber honrado la batalla.

Mientras tanto, Paul Seixas sigue en su nube, intocable con ese maillot amarillo que parece haber nacido con él. El joven del Decathlon no dio ni un síntoma de debilidad, controlando a un Primoz Roglic que vigila desde la distancia, esperando su momento como el viejo lobo que sabe que la presa acabará cayendo. Pero hoy la noticia, la que nos quema por dentro, es ese adiós de Isaac del Toro y ese “casi” de Igor Arrieta. El ciclismo es esto, amigos míos: una moneda al aire que hoy ha salido cruz para el mexicano y cara para un ciclismo francés que domina con mano de hierro. Mañana nos espera Galdakao, con sus siete puertos y sus mil emboscadas, y ahí estaremos para contarlo, porque la carretera no descansa y nuestra pasión, tampoco.

Ha sido un placer absoluto narrarles esta batalla de sentimientos y vatios.

Si han disfrutado de esta crónica tanto como yo he disfrutado viviéndola, les invito a que no se pierdan ni un solo día lo que publicamos en esta página. Sigan mis crónicas.

La Itzulia sigue viva, herida pero orgullosa, y nosotros seguiremos aquí, al pie de la montaña, para que no se pierdan ni un suspiro de estos gigantes del asfalto.

¡Hasta mañana, amigos!

 

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba