
Amigos, qué día tan increíble. Uno se frota los ojos y todavía no se lo cree. Jhonatan Narváez, ese ecuatoriano con alma de lagarto viejo y veneno en las piernas, ha vuelto a morder con fuerza. Tercera victoria en este Giro de Italia 2026. Un hat-trick en toda regla. De Porcari a Chiavari, con el mar Tirreno brillando a un lado y esos repechos ligures que parecen inofensivos pero te dejan sin aliento, el de UAE Team Emirates ha dado otra lección de ciclismo puro, de esos que te hacen levantarte del sofá.
La etapa tenía trampa desde el principio. Casi 200 kilómetros y más de 2.800 metros de desnivel acumulado. Los primeros kilómetros llanos invitaban a una fuga, y vaya si se cocinó. Un grupo de unos diez valientes consiguió abrir hueco, con Narváez siempre atento, metido ahí como quien no quiere la cosa. Detrás, el pelotón principal, con los favoritos guardando fuerzas, dejaba hacer. Nadie quería gastar cartuchos antes de las etapas decisivas.
Pero delante la cosa se puso caliente. El terreno se quebraba, llegaban los repechos duros, esos cambios de ritmo que castigan piernas y cabeza. Enric Mas se pegó como una lapa al ecuatoriano. El español tiró con ese coraje que le sale de las tripas, con el alma en cada pedalada, buscando la sorpresa. Se entendieron bien, se midieron, y en los últimos kilómetros el duelo fue de los que hacen historia.
En las calles de Chiavari, con el público rugiendo, Narváez sacó ese
punch explosivo que guarda para estos momentos. Remató con maestría, cruzó primero y levantó los brazos. Mas entró segundo, con la cabeza alta y ese gesto deportivo de felicitar al vencedor nada más bajarse de la bici. Gestos que valen oro en un deporte tan duro.
El lagarto ya es leyenda. Tres etapas en este Giro. Supera a Richard Carapaz y se convierte en el ecuatoriano con más victorias en la Corsa Rosa. Uno lo ve y se le eriza la piel. Porque no es solo tener piernas; es tener cabeza fría, malicia en las curvas, saber sufrir cuando duele y rematar cuando los demás flaquean. Llegó al Giro después de un arranque complicado para el equipo, con caídas y bajas, y ha respondido como los grandes: con pedales y con garra.
Atrás, en el grupo de los favoritos, prudencia total. Afonso Eulálio sigue enfundado en la maglia rosa con uñas y dientes, solo 27 segundos sobre un Jonas Vingegaard que acecha en silencio. Hoy la general apenas se movió, pero se mascaba la tensión en el aire. Cualquier descuido en esos caminos sinuosos podía salir carísimo, y los equipos lo sabían. Por eso dejaron volar a los de delante. Que se divirtieran los cazadores de etapa.
Esto es el ciclismo que a uno le engancha de por vida. Mientras los jefes guardan energías para las montañas decisivas, aparece un tipo como Narváez para recordarnos que la carrera la gana quien mejor lee el día. El ecuatoriano no solo tiene motor; tiene ese algo especial, esa luz en la mirada del que sabe cuándo hay que jugársela.
Al final del día, uno cierra la crónica con esa mezcla tan nuestra admiración enorme por el que levanta los brazos bajo el sol de Liguria y un pellizquito en el pecho por los que se quedaron a un golpe de pedal del sueño. Así es este deporte, cruel y bonito como pocos.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.
No olviden leer todos los días en la página y seguir mis crónicas. ¡Hasta la próxima etapa!




