
Han pasado varios días desde aquella supuesta primera final. He preferido dejar pasar el tiempo, porque en caliente hablaba más el calentón que otra cosa.
Ahora queda algo más incómodo: no es enfado por un partido horroroso, es cansancio. El que provoca ver a un equipo incapaz de responder cuando llega el momento de la verdad.
En la previa del partido, Beto sacaba pecho: “Si mantengo mis números, llegamos al play off”. También defendía que la mejora respecto a la etapa anterior era notable. Después, en la rueda de prensa tras el baño del Alcorcón, su mensaje fue otro muy distinto. Y esa contradicción no es menor. Porque si no es elegante compararse con el anterior entrenador, tampoco parece muy defendible sacar pecho por unos números que, a día de hoy, no sostienen ninguna aspiración real.
Los números son los que son. No necesitan discurso.
Si hay alguien en esta categoría que puede hablar de números es Claudio Barragán en el Eldense, que cogió a su equipo prácticamente en descenso y hoy lo tiene líder, dependiendo de sí mismo para ascender directamente. En estos momentos le sobra hasta el play off. Eso sí es transformar una realidad. Eso sí es sostener un discurso con hechos.
Pero, aun así, la responsabilidad no puede quedarse solo en el banquillo. Porque esto no es únicamente un problema de entrenador.
Y hay algo que conviene no olvidar.
¿Qué habría pasado en estos últimos meses sin el acierto puntual de Blazic, sin esos goles de Toril o sin apariciones que han rescatado puntos en el último momento?
Probablemente estaríamos hablando de otra cosa. Muchos puntos se han salvado en el descuento. No por competitividad, sino por supervivencia.
Sin eso, no estaríamos mirando arriba. Estaríamos mirando muy de cerca hacia abajo.
Y cuando un patrón se repite tantas veces, deja de ser casualidad.
Es un problema de estructura.
De una dirección deportiva que, año tras año, deja más dudas que certezas. Que no termina de acertar en la construcción de plantillas competitivas, que no anticipa, que no corrige a tiempo y que vuelve a dejar al equipo en el mismo sitio: a mitad de camino, en tierra de nadie.
Es verdad que hubo un ascenso. Y sería injusto no reconocerlo. Pero también conviene ponerlo en contexto. Aquella racha final, brillante y emocionante, tuvo mucho de excepcional. De esas dinámicas que, cuando aparecen, arrastran todo.
Pero construir un proyecto esperando que vuelva a ocurrir algo así no es planificación.
Es confiar en que vuelva a tocar el premio gordo cuando apenas has jugado… porque lo extraordinario no suele repetirse si antes no construyes lo necesario.
El Hércules funciona con un modelo que ya no encaja en el fútbol actual y que lo mantiene, año tras año, lejos del fútbol profesional.
Y ese modelo no es casual. Lo decide la propiedad.
Pero en el fútbol no basta con mandar… hay que saber rodearse de gente competente.

El próximo partido será el domingo en el Rico Pérez ante el Sanluqueño, penúltimo clasificado. Lo lógico sería que el Hércules ganara. Y volverá entonces el ruido de siempre. El discurso. Las cuentas. La ilusión de que todavía se puede.
Otra vez humo. Aunque cada vez hay menos gente dispuesta a comprarlo.
Cuando se firman partidos infumables como el del domingo pasado, el único humo que le llega a la afición es otro. El que sale del palco.
Un humo gris. Denso. Rancio.
El mismo que, año tras año, acompaña decisiones que no cambian nada. El mismo que lo envuelve todo… sin aclarar nada.
Y lo peor no es el presente. Ni siquiera que, en trece meses, el equipo solo haya ganado una vez fuera de casa.
Es la sensación de que la fumata va para largo.
Habemus fumata. Pero no es blanca ni azul … y no parece que vaya a cambiar de color.




