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::Opinión – BAYERN MÚNICH – REAL MADRID: La grandeza de perder compitiendo

Cuando los errores pitan demasiado

Hay noches en las que uno se sienta delante del televisor con una sensación extraña.
Como si ya supiera el final… pero aun así no pudiera dejar de mirar. Anoche era una de esas.
El 1-2 de la ida pesaba. Las dudas también. Una temporada demasiado irregular… todo invitaba a pensar que esta vez no.

Y, sin embargo, en algún rincón —ese que no entiende de lógica— seguía latiendo la misma verdad de siempre: El Real Madrid es capaz de volver cuando nadie lo espera.

Porque hay equipos que disputan eliminatorias… y hay otros que llevan 15 Champions escritas en la memoria y convierten lo imposible en algo peligrosamente creíble.

El Real Madrid llegó al Allianz Arena con una temporada llena de grietas.
Lesiones, dudas, falta de continuidad… y sí, la ausencia de
Thibaut Courtois, el mejor portero del mundo, pesó como una losa.

Pero cuando sonó el himno de la Champions, volvió a aparecer el orgullo. Ese que no se explica, ese que se siente. Y entonces todo vuelve a ser posible.

El Madrid se puso por delante. Una vez. Dos veces. Tres veces. Doblete de Arda Güler.
Gol de Kylian Mbappé.

Y durante muchos minutos, la sensación de que podía volver a hacerlo.
Otra vez.
Como tantas otras.

Pero el fútbol de élite no perdona. Una acción infantil. Una decisión discutible y todo cambió.

La expulsión de Camavinga —tan evitable como decisiva— dejó al equipo expuesto en el momento más delicado.

A partir de ahí, el partido se rompió.

Esta temporada deja preguntas. Muchas. Sobre el juego. Sobre la continuidad de algunos jugadores, del entrenador. Sobre si este grupo ha sido más una suma de talento que un verdadero equipo.

Pero incluso en un año irregular, hay algo que no cambia. Cuando el Madrid pisa Europa,
nadie respira tranquilo. Luego están las circunstancias puntuales que pueden cambiar un partido.

Porque lo de Camavinga no debió pasar nunca. Por dos razones muy simples.

La primera, la más evidente: el jugador no puede permitirse un error tan infantil en un escenario así. No cuando ya estás condicionado, no cuando cada pequeño detalle puede decidir un partido. En ese nivel, coger el balón aunque sean dos segundos no es un gesto inocente. Es una imprudencia que puede pagarse cara.

La segunda, la que deja más poso: el árbitro tampoco puede convertir ese gesto en el final de un espectáculo. No en un partido así. No en ese momento. No cuando todo apuntaba a una prórroga de Champions entre dos gigantes. Porque hay decisiones que, siendo reglamentarias, olvidan lo esencial.

El fútbol también es contexto. También es sensibilidad. También es entender que la grandeza de una noche como la de ayer merece algo más de respeto que el simple soplido de un silbato; que el espectáculo no puede venirse abajo por una imprudencia menor que alguien decide magnificar a golpe de pito, empequeñeciendo el fútbol.

Decían que este no era el mejor Madrid. Y aun así… nadie quería cruzarse con él. Ayer vimos por qué.

También vimos que cuando el fútbol logra liberarse de errores tontos es un espectáculo vibrante.
El problema es que siempre aparece alguno dispuesto a estropearlo. A veces visten de corto, a veces llevan pito, a veces traje, a veces fuman puros… y otras, simplemente, son ganas de ser protagonistas.

Para entender lo que cuesta ganar una Champions no hace falta ser ningún lince. Imagínate lo que supone haber ganado quince.

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