
Hay días en los que la carretera te regala un respiro y otros en los que te aprieta el pecho.
La decimosexta etapa de esta Vuelta fue de los primeros, aunque nadie se fiaba del todo. Ciento ochenta y un kilómetros entre Cortegana y La Rábida, un trazado que bajaba hacia el mar y que olía a esprint desde el primer momento. El pelotón lo sabía. Y los de Visma, más que nadie.
Matthew Brennan ya no sorprende. Con apenas veintiún años y en su primera gran vuelta, el británico ha vuelto a levantar los brazos. Cuarta victoria. Cuarta. Llegó empujado por ese tren que Wout van Aert conduce como si el asfalto fuera suyo. El belga tiró con esa potencia que pone los pelos de punta y le dejó el paso limpio. Brennan solo tuvo que lanzarse. Bryan Coquard se quedó a un segundo de distancia, mirando de reojo, y Vito Braet cerró el podio. El resto llegó en el mismo tiempo, con el corazón todavía a mil.
La jornada no fue un paseo. Hubo viento cerca de la costa, estrechamientos que ponen nervioso a cualquiera y una caída que cortó el pelotón en mil pedazos. Algunos se quedaron atrás, otros recuperaron el contacto a base de pedaleo y sudor. Enric Mas pasó el filtro sin perder un segundo. El maillot rojo sigue en sus hombros con la misma ventaja de dos minutos y seis segundos sobre Felix Gall. Primoz Roglic sigue ahí, a cuatro segundos del austriaco, acechando. La general no se movió, pero la sensación de que todo puede romperse en cualquier momento no se va.
Uno mira a Brennan y se pregunta hasta dónde puede llegar este chaval. Cuatro triunfos en una sola Vuelta y todavía le queda carretera por delante. Van Aert, mientras tanto, se conforma con el papel de lanzador perfecto y con el maillot verde bien sujeto. Hay algo especial en ver a un equipo que funciona con esa precisión cuando el resto se pelea por un hueco en el embudo final.
Mañana otra jornada llana hacia Sevilla. Luego la contrarreloj. Después la montaña de verdad. Esta Vuelta ya huele a desenlace y cada kilómetro pesa más. Mas lo sabe. Roglic también. Y el resto del pelotón, que lleva tres semanas pedaleando bajo el sol andaluz, no necesita que se lo recuerden.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




