Ciclismo

::Ciclismo – ¡Vingegaard hace sangre en el Blockhaus y el Giro ya tiene patrón!

 

Qué barbaridad de jornada, compañeros. Desde el pistoletazo de salida en Formia, con ese sol mediterráneo acariciando el pelotón y el mar Tirreno brillando a un lado, la séptima etapa del Giro 2026 olía a trampa desde lejos. 244 kilómetros, la más larga de la carrera, con más de 4.600 metros de desnivel y un final en el Blockhaus que prometía hacer daño de verdad.

Al poco de empezar, se formó la escapada del día: Jonathan Milan (Lidl-Trek), Diego Sevilla (Polti VisitMalta), Jardi Christiaan van der Lee (EF Education-EasyPost), Tim Naberman (Picnic PostNL) y Nickolas Zukowsky (Q36.5). Cinco valientes que se jugaron el alma desde temprano, abriendo hueco mientras Bahrain Victorious, con la maglia rosa de Afonso Eulálio, dejaba hacer sin agobios.

Rodaron con ganas por Gaeta, Sperlonga y Venafro, con el paisaje cambiando del azul del mar al verde intenso de los Apeninos.

Se pasó el sprint intermedio y el cansancio ya pesaba después de tantas horas. El Roccaraso actuó de aperitivo, seleccionando el grupo y deshilachando la fuga. Pero el verdadero infierno esperaba más arriba. Tras el Passo San Leonardo y un descenso traicionero, apareció el Blockhaus. Cuando la carretera se puso vertical de verdad en las rampas de Roccamorice, con tramos al 14%, el pelotón se rompió.

Y entonces llegó el momento clave. Jonas Vingegaard soltó el hachazo, seco y demoledor. Nadie reaccionó… salvo Giulio Pellizzari. El joven italiano, con esa ambición que le caracteriza, saltó detrás de él como un resorte. Durante unos metros eternos pareció que podría aguantar. Se colocó a su rueda, con la cara descompuesta por el esfuerzo, y el público rugía pensando en la gesta. Pero Vingegaard, sin mirar atrás, apretó un poco más. Puso un ritmo demoledor, de esos que quiebran el alma, y poco a poco fue dejando a Pellizzari. El italiano se quedó solo, con la boca abierta y las piernas ardiendo, mientras el danés se marchaba hacia la gloria.

Cruzó la meta besando el manillar con devoción, como quien besa una reliquia, y después, ya en la línea, se besó el anillo de la mano con emoción contenida. Victoria en solitario. Felix Gall entró segundo, a trece segundos. Pellizzari cedió más de un minuto y se le vio sufrir de lo lindo. Duele en el alma.

Afonso Eulálio aguantó con clase y conserva la rosa. Igor Arrieta, nuestro mejor español, salió del día sin perder demasiado. Pero el mensaje retumba fuerte: Vingegaard ha enseñado los dientes en el primer coloso serio. Ese danés no corre las montañas, las conquista.

Uno ve las caras descompuestas, las miradas perdidas y las piernas que gritan y se le pone la piel de gallina. El Blockhaus, viejo juez implacable, volvió a poner orden. Hoy el Giro despertó de golpe y ya no es el mismo.

Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

Sígueme todos los días para más crónicas del Giro. ¡Nos leemos mañana!

 

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