
Hubo un momento, allá por el kilómetro ciento ochenta, en el que la carretera pareció contener la respiración. Tras más de doscientas kilómetros de dureza acumulada, con esos puertos de segunda que no matan pero dejan las piernas hechas un trapo, el pelotón llegó a las faldas de Peñas Blancas con la sensación de que todo se decidía en esos dieciocho kilómetros y medio al seis y medio de media. Y no falló.
Eddie Dunbar, el irlandés de Pinarello-Q36.5, se llevó la etapa con una gestión casi perfecta de la escapada. Llegó a meta por delante de Santiago Buitrago, al que superó en los últimos quinientos metros cuando el colombiano parecía tenerlo todo controlado. Fue un remate de pureza, de esos que se disfrutan desde la grada y desde el sillón. El irlandés había trabajado todo el día, había sido de los más activos en la fuga, y cuando tocó apretar, apretó. Buitrago, líder de la montaña, se quedó con la miel en los labios una vez más. Qué lástima, porque el cafetero lo había intentado todo.
Mientras tanto, detrás, la general se mantuvo en un equilibrio tenso. Enric Mas llegó con el grupo de favoritos y conserva esos minuto y treinta y siete sobre Primoz Roglic. El esloveno miraba de reojo, buscaba el hueco, pero el balear y su Movistar no dejaron resquicio. Richard Carapaz intentó mover el árbol en las rampas finales, endureció el ritmo, pero tampoco logró romper del todo. Felix Gall y el resto de candidatos llegaron sin grandes cambios. La batalla sigue abierta, y eso es lo bonito de esta Vuelta.
La etapa había empezado relativamente tranquila por la costa malagueña, pero a partir del Puerto de las Abejas y el del Viento la cosa se complicó. La fuga se formó con nombres interesantes y se fue estirando. Dunbar y su compañero Thomas Gloag estuvieron siempre ahí, leyendo la carrera mejor que nadie. Cuando Peñas Blancas empezó a subir de verdad, con esas primeras rampas que superan el quince por ciento, el grupo se fue seleccionando y solo quedaron los más fuertes. Ahí se vio quién tenía piernas y quién solo ganas.
Hay algo especial en estos finales en alto tan largos. No son explosivos del todo, pero desgastan el alma. Uno ve a los corredores pelear cada metro, sudar la gota gorda, y entiende por qué el ciclismo engancha. Hoy el día fue para los escapados, y bien que lo merecieron. Mañana llega otra jornada de montaña todavía más dura, y ahí sí que la general puede temblar de verdad.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




