
Menuda jornada se nos ha colado hoy por las montañas de Teruel. Ciento cincuenta kilómetros que se hicieron eternos, con cinco puertos que fueron comiendo fuerzas hasta que la subida final a Valdelinares lo decidió todo. Andreas Leknessund se plantó solo en la meta y se llevó una victoria preciosa. Su compañero Tobias Johannessen llegó a treinta y cuatro segundos y Wout van Aert cerró el podio a cuarenta y siete. El grupo de los grandes llegó más tarde. Pogacar cruzó a más de cuatro minutos. El maillot rojo sigue en sus hombros, pero la sensación es otra.
La fuga se formó temprano y el pelotón la dejó hacer. Leknessund, Johannessen, van Aert, Lutsenko y Dunbar se entendieron a las mil maravillas. Fueron sumando minutos mientras el Remolcador y Zucaina se quedaban atrás. En Fuente de Rubielos ya llevaban cinco largos.
San Rafael fue el último aviso. Allí el noruego de Uno-X olió sangre. A siete kilómetros de meta se marchó solo. Pedaleó limpio, sin mirar atrás, y nadie pudo seguirle.
Desde abajo se veía cómo se deshacía el grupo de cabeza. Van Aert intentó aguantar. Johannessen tiró de lo poco que le quedaba. Pero Leknessund ya volaba. Llegó a casi dos mil metros con los brazos en alto y esa sonrisa de quien sabe que ha hecho algo grande. Detrás, los favoritos se miraban de reojo. Pogacar no movió un dedo. Mas tampoco. Roglic rodó quieto. Parecía que todos habían decidido guardar fuerzas para lo que viene. El esloveno sigue líder. Mas a tres minutos y cincuenta. Roglic a cuatro y cincuenta. Las diferencias apenas se han movido, pero el mensaje está ahí.
Hay algo especial en estas llegadas en alto de la Vuelta. El silencio de la montaña, el viento que corta la cara, la expresión de los corredores cuando la rampa aprieta de verdad. Hoy se notó el cansancio de la primera semana. Después de la granizada de la tercera y de la batalla de grava en Castellón, las piernas pedían un respiro. Y la fuga lo aprovechó de sobra. Uno-X se llevó el doblete y dejó claro que cuando se deja espacio, hay gente dispuesta a comérselo.
Pogacar sigue siendo el hombre a batir. Nadie lo discute. Pero hoy se le vio tranquilo, casi complaciente. Quizá pensó que no merecía la pena gastar cartuchos tan pronto. Mas, por su parte, demuestra día tras día que está en un gran momento. El mallorquín se ha convertido en el principal perseguidor y eso ya es una victoria en sí misma. Roglic, siempre silencioso, espera su momento. La montaña de verdad aún no ha llegado.
Mañana toca día más suave hacia Xeraco. Los sprinters tendrán su oportunidad si el pelotón se porta. Después, Aitana. Ahí sí que se pondrán las cartas boca arriba. Mientras tanto, Leknessund disfruta de su gran día. Un corredor serio, trabajador, que se ha ganado a pulso este triunfo.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




