
Chalon-sur-Saône, 16 de julio de 2026. Madre mía, qué jornada. Se suponía que era el último suspiro de los velocistas antes de que la alta montaña nos devuelva a la realidad, y acabó siendo una de esas etapas que uno cuenta a los nietos con voz entrecortada. Velocidad, tensión y, al final, el sabor amargo de siempre: el asfalto no perdona.
Salimos del circuito de Nevers Magny-Cours con ese aroma a motor y asfalto caliente, como si los ciclistas quisieran recordarnos que ellos también son gladiadores. 179 kilómetros de perfil amable, apenas tres cotas de cuarta categoría que parecían más un adorno que una amenaza y un sprint intermedio en Decize que apenas alteró el guion. El pelotón rodaba lanzado, con ese ritmo endiablado que ya es marca de la casa en este Tour. Los trenes de los sprinters marcando territorio, oliéndose, midiéndose. Se respiraba la batalla.
Y llegó el desenlace. Tim Merlier, el belga con cara de pocos amigos y piernas de hierro, apareció otra vez como de la nada. Ese sprint suyo tan suyo, saliendo de lejos, casi desde la quinta fila, para clavar la estocada definitiva. Tercera victoria en este Tour. La sexta en su carrera en la Grande Boucle. Hay que quitarse el sombrero, carajo. El hombre tiene un motor que no se apaga y un instinto que pocos poseen. Hoy fue el más listo y el más fuerte cuando de verdad importaba.
Pero la crónica, amigos, no puede quedarse solo en la alegría del ganador. En los últimos cuatrocientos metros se desató el infierno. Un toque de hombros, Gaviria al suelo y, de repente, un efecto dominó que barrió a varios valientes: Wærenskjold, Godon y otros que se fueron contra el asfalto a toda pastilla. Bicicletas volando, cuerpos rodando, caras de dolor. Un sprint que empezó con ilusión y terminó en puro drama. Duele en el alma ver esto. Estos chicos se dejan la piel día tras día y un segundo de mala suerte lo borra todo.
Kooij y Philipsen completaron el podio en una imagen que casi nadie recordará. La general, intacta. Pogacar sigue paseando el amarillo con esa serenidad que asusta, como si la carrera le perteneciera. Mañana será otro día, pero hoy la carretera nos ha recordado, una vez más, que el ciclismo es épico, bello y, a ratos, condenadamente cruel.
Uno se emociona viéndolo desde la cuneta, o desde la pantalla con el café en la mano. Porque esto no es solo deporte: es vida, con sus triunfos que saben a gloria y sus caídas que duelen como puñetazos en el estómago.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.
David García




