
Hoy era el día.
Venías de ganar tres partidos consecutivos. Jugabas en tu casa. Ante tu gente. Y una victoria significaba meterte arriba en la clasificación y empezar a mirar de verdad hacia donde se supone que quiere mirar este Hércules.
Aunque tampoco conviene engañarnos.
En el campo del Europa aquel partido perfectamente pudo no ganarse. Y en Águilas, jugando buena parte del segundo tiempo contra diez, acabamos pidiendo la hora y dando las gracias a Blazic.
Pero se ganó.
Tres veces seguidas.
Y hoy tocaba demostrar que aquello era algo más que una buena racha.
No fue así.
Ochenta minutos para dormir y diez para atacarse.
Durante buena parte del partido faltó intensidad, faltó fútbol y, sobre todo, faltó esa sensación de estar viendo a un equipo que sabía lo que se estaba jugando.
Y
cuando el reloj empezó a decir que aquello se acababa, llegaron las prisas. El empuje. Las ocasiones. La ansiedad.
Entonces sí. Entonces parecía que había que ganar. La pregunta es por qué hubo que esperar hasta entonces.
El primero en atacarse fue Solde. Salió al campo y duró apenas tres minutos. Llegar, acelerarse y marcharse. Es lo que tiene la ansiedad: después de pasarte ochenta minutos mirando el reloj, cuando quieres recuperar todo el tiempo perdido de golpe pueden pasar estas cosas.
Durante ochenta minutos al Hércules le faltaron revoluciones. Cuando quiso ponerlas todas, alguno acabó pasado de vueltas.
Pero hay algo todavía más preocupante.
Este equipo no tiene gol. Y lo decimos jornada tras jornada.
Antoñín corre, pelea, presiona y se deja el alma. Pero marca poco.
Toril cumple su segunda temporada en el Hércules y parece estar para jugar solo quince minutos. Si fuera Messi, quizá bastaría con esperar que saliera un rato e inventara algo. Pero estamos hablando de uno de los delanteros llamados a solucionar precisamente el principal problema del equipo.
Y luego está Fran Sol.
Juega poco. Y cuando hay un penalti, una de las facetas que precisamente parece dominar, tampoco le da el entrenador la oportunidad.
Así que la pregunta es bastante sencilla:
¿Cuál es el plan para marcar?
Y otra: ¿quién tira los penaltis en este equipo?
Porque empieza a dar la sensación de que cada vez los lanza uno. ¿Existe un especialista? ¿Se entrenan estas cosas? ¿Hay una jerarquía establecida?
Son preguntas para Beto Company.
Como también lo es la gestión de la tarjeta de revisión. El Hércules la gastó reclamando un posible penalti sobre Rentero que, visto lo visto, difícilmente parecía penalti.
Y después llegó la paradoja.
Cuando sí pareció haber unas manos clarísimas de un defensor del Jaén dentro del área, ya no quedaba tarjeta para pedir que el árbitro revisara la jugada.
Aunque tampoco deberíamos acostumbrarnos a esto.
La Primera Federación ya es una categoría suficientemente complicada como para que, además, los malos arbitrajes obliguen a los equipos a hacer parte del trabajo del árbitro. Si aquellas manos eran tan claras como parecieron, no debería haber hecho falta ninguna tarjeta de revisión.
Debería haber hecho falta un árbitro que las viera.
Pero tampoco nos escondamos detrás del arbitraje.
El árbitro puede explicar una jugada.
Lo que no puede explicar son ochenta minutos.
Hace unos días en Alicante solo se hablaba de la futura Ciudad Deportiva del Hércules. Treinta y cinco millones de euros. Ocho campos. Hotel. Gimnasio. Un Hércules preparado para el futuro.
Magnífico.
Pero digo yo que antes habría que resolver el presente.
Y el presente necesita algo bastante menos espectacular que unas fotografías de un futuro que no sabemos si llegará.
Lo que necesita el Hércules es un delantero que meta goles.
Porque para ascender hacen falta muchas cosas. Pero, sobre todo, hay que ganar partidos.
Y para ganar partidos existe una vieja costumbre que todavía no ha conseguido modernizar el fútbol: meter la pelota dentro de la portería del rival.
Así que quizá antes de buscar 35 millones para construir la Ciudad Deportiva del futuro convendría solucionar algo bastante más urgente.
De poco sirve tener hotel, gimnasio, instalaciones de primera y ocho campos de fútbol…
si vas a colocar dieciséis porterías y no tienes a nadie que sepa meter la pelota dentro.




