Atletismo

::Pértiga – Dea Koycheva: crecer entre dos países y un mismo sueño

La joven pertiguista sueña con subir el listón de una generación entre España y Bulgaria, su salto más difícil

QUINTA ENTREGA DE LA SERIE: DE LA PÉRTIGA AL CIELO – DEA KOYCHEVA

Entrevista en EXCLUSIVA para Globalon.

Cuando uno escucha su nombre, siente algo curioso: suena búlgaro, pero se pronuncia con la naturalidad de quien ha crecido en las calles y pistas españolas. Dea Koycheva tiene 14 años, es campeona de Bulgaria en su categoría recientemente revalidada sub-16 en este mismo enero de 2026 y vive en La Nucía.

Es una mezcla hermosa de dos mundos, una atleta que saltó entre culturas antes de saltar sobre un listón.

Y aunque presume de raíces y habla búlgaro en casa “porque mis padres me obligan”, confiesa entre risas que a veces se le mezclan los idiomas. Como si su identidad fuera ya una pértiga flexible que se dobla sin romperse.

 

Un talento que creció sin darse cuenta

Dea no nació pensando en la pértiga. Ni siquiera sabía que existía. Como muchos niños inquietos, probó de todo: velocidad, peso, saltos, deportes que duraban un mes antes de abandonarlos sin pena. Hasta que un día acompañó a su padre —entrenador de atletismo— a la pista. Allí vio algo extraño: gente corriendo con un palo enorme para saltar sobre otro palo. “Era raro, pero me llamó muchísimo la atención. La técnica, la velocidad, cómo se movían…”.

Lo probó. Y el primer contacto fue casi una caricatura: una pértiga amarilla, demasiado dura, tres nulos en su primera competición. Un metro cuarenta que hoy podría pasar casi sin impulso. Aquel día no ganó nada… excepto su destino.

Hoy salta 3,20. Y ya mira de frente los 3,60.

Bulgaria en el corazón, España en el alma

Aunque entrena en España, Dea compite también en Bulgaria. No por estrategia, sino por orgullo. “Me hace ilusión representar a mi familia, conocer otras competiciones, otros ambientes”. Fue en febrero cuando ganó su primer campeonato; en junio repitió. Dos títulos que la coronan en su país… pero que no definen sus límites.

Porque en España, donde el nivel es más alto, donde las rivales crecen a su misma velocidad, es donde está su mayor desafío: ser campeona de España. Allí se medirá, entre otras, a Alesia, la atleta que tiene “diez centímetros más y que ya tiene controlada”.

El camino de la atleta que quiere entender su salto

Entrenar con Grigoriy Yegorov —mito olímpico y leyenda de la pértiga— ha sido, para ella, más que una suerte: ha sido una brújula. Su mirada experimentada sabe distinguir un mal día de una emergencia técnica. Su paciencia es la que solo tiene quien ya se dejó la piel en esa prueba.

Pero hay otro entrenador en su vida: su padre. Aquí la sonrisa se le escapa antes de responder.
—¿Quién es más duro, Gregory o tu padre?
Mi padre.
Y no lo duda.

Él no compitió en pértiga, y a veces le exige desde el amor, no desde la técnica. Dea lo agradece, pero también reconoce que hay cosas que solo entiende quien se ha colgado de una pértiga con la gravedad en contra.

“La pértiga me deja ser yo misma”

Lo que más sorprende de Dea es su claridad. Cuando explica por qué eligió esta prueba, no habla de medallas ni de proyección internacional. Habla de identidad.
“Ninguna prueba me hacía sentir yo. En la pértiga necesito velocidad, fuerza, técnica… todo lo que había probado por separado. Aquí todo encaja”.

Ese “encajar” no es solo deportivo. Es emocional. La pértiga, para ella, es un lugar en el que pertenece.

El cuerpo que recibe el impacto y las manos que no deben fallar

Habla con una naturalidad pasmosa del pegamento especial en las manos, del magnesio, de las libras de dureza de las pértigas. De cómo unas se doblan y otras no; de cómo sus hombros y su espalda reciben el primer impacto cuando presenta la pértiga y se eleva.

La técnica ya empieza a ser instinto. Algunos gestos salen naturales: soltar la pértiga al pasar el listón, lanzar el cuerpo justo en la milésima adecuada. No todos pueden hacerlo; algunos se quedan atrapados, paralizados. Ella, no.

Un futuro a dos banderas

Hablar de nacionalidad siendo aún tan joven es arriesgado. Pero Dea lo ha pensado. Parte de ella quiere representar a España; otra parte, a Bulgaria. Ambas la definen.
“Me da pena por mi familia, pero por oportunidades…”.
La frase queda suspendida, como quien deja un listón sin tocar.

Lo único que no duda es su destino: las Olimpiadas… de 2028, quizás muy cercanas, pero lo intentará, por supuesto. Lo dice sin miedo.

Y sorprendentemente, no suena a sueño infantil. Suena a un plan.

El camino hacia arriba

La pértiga es un deporte extraño.

Es correr contra el vacío, entregarse a una pértiga que te sostiene cuando el cuerpo duda, transformar la velocidad en altura con una precisión casi quirúrgica y convertir un impulso en una línea ascendente que desafía toda lógica. Dea lo vive con la naturalidad de quien ha encontrado su lugar en el aire. Y cada salto suyo —de ese 1,40 inicial a un futuro 3,60— es una pequeña conquista contra la gravedad.

Piensa en lo que sintió la primera vez que vio a alguien volar y supo que quería intentarlo. Ahora, más de una niña en su club la mira del mismo modo. Y quizá esto es lo más bonito: que sin buscarlo, Dea Koycheva ya inspira.

Globalon Insight 

Dea Koycheva encarna una generación que no compite solo contra alturas, sino contra todo aquello que la vida coloca entre el impulso y el listón: la identidad, el origen, las expectativas y ese vértigo íntimo que aparece justo antes de decidir quién quieres ser. Hay algo poderoso en verla avanzar: una niña que creció entre dos lenguas, dos banderas y un mismo sueño, y que convirtió la pista en el único lugar donde todas esas piezas encuentran sentido.

En ella hay una mezcla de determinación y fragilidad que recuerda que el deporte no es solo músculo, técnica o resultados, sino una forma de entenderse a uno mismo. Su salto es una declaración silenciosa: un instante en el que el cuerpo confía, la mente se abre paso y el mundo parece quedarse unos centímetros más abajo. No importa si viene de España o de Bulgaria; importa que, cuando corre hacia la pértiga, avanza hacia una versión más valiente de sí misma.

Y quizá por eso emociona tanto escucharla hablar de 3,60 como si hablara de un amanecer posible. Porque sus ambiciones no suenan a capricho infantil, sino a un plan trazado con la madurez de quien ha encontrado su lugar en un deporte que exige carácter, precisión y una paciencia que muy pocos poseen a su edad.

Desde Globalon seguiremos su camino con la misma atención con la que ella mira un listón antes de saltar. Porque hay historias que no solo se cuentan: se acompañan. Y esta —la de una adolescente que empieza a escribir su identidad entre dos países y una pista de atletismo— es una de esas historias destinadas a crecer al mismo ritmo que ella.

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