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::Editorial – España no tiene categorías inferiores: tiene una fábrica de campeones

El Mundial absoluto masculino de fútbol, el doble reinado mundial con la selección femenina, el oro olímpico de París, los Europeos Sub-19, la corona mundial de las Guerreras Juveniles y otra cosecha extraordinaria del baloncesto confirman que el éxito español ya no pertenece a una generación, sino a todo un sistema

 

Hubo una época en la que conquistar un Mundial parecía una frontera casi inalcanzable para el deporte español. Cada gran título era recibido como una excepción histórica, como el premio extraordinario concedido a una generación irrepetible o a un grupo de deportistas tocado por algo especial.

Esa época ha terminado.

España gana con sus selecciones absolutas, pero también con la Sub-19, la Sub-18, la Sub-17 o la U20. Gana en fútbol, baloncesto y balonmano. Sube al podio en waterpolo y natación artística. Produce estrellas individuales capaces de recoger el testigo de auténticas leyendas y, cuando no alcanza el oro, aparece una y otra vez en semifinales, finales o partidos por las medallas.

La fotografía del último ciclo deportivo resulta difícil de explicar como una simple racha. Estamos ante algo mucho más profundo: España se ha convertido en una potencia deportiva permanente.

Ni siquiera parece adecuado seguir hablando de categorías inferiores. No son inferiores en talento, ambición, preparación ni competitividad. Son categorías de formación, selecciones jóvenes o equipos de futuro. Y ese futuro no es una promesa lejana. Ya está ganando títulos en el presente.

El fútbol español gobierna el mundo

El fútbol ofrece la demostración más poderosa de esta transformación.

El 19 de julio de 2026, España conquistó su segundo Mundial masculino tras derrotar a Argentina por 1-0 en la prórroga de la final disputada en Nueva York Nueva Jersey. La selección enlazó así el título mundial con la Eurocopa de 2024 y confirmó la consolidación de uno de los ciclos más brillantes de su historia.

Aquel triunfo produjo, además, un acontecimiento nunca visto. España se convirtió en el primer país que mantenía simultáneamente las coronas mundiales masculina y femenina.

La selección femenina había ganado el Mundial de Australia y Nueva Zelanda en 2023 y la masculina tomó el relevo en Norteamérica tres años después. Alemania también había conseguido históricamente ambos títulos, pero España fue la primera nación que logró ser la vigente campeona de los dos torneos al mismo tiempo.

Ese doble reinado mundial no ha aparecido de la nada. Por debajo de las selecciones absolutas existe una estructura que continúa acumulando títulos con una regularidad difícil de igualar.

La selección masculina Sub-19 se proclamó campeona de Europa en Gales en julio de 2026. El conjunto dirigido por Paco Gallardo completó el campeonato con cinco victorias y elevó a diez su colección de títulos continentales en la categoría. Quim Junyent fue elegido mejor jugador del torneo y seis internacionales españoles entraron en el once ideal.

La Sub-19 femenina fue todavía más lejos. España derrotó a Alemania por 1-0 en Sarajevo para conquistar su quinto Europeo consecutivo y el octavo de su historia. No fue únicamente otra medalla de oro. Fue la confirmación de una dinastía: cinco campeonatos seguidos, diferentes generaciones y una misma selección levantando el trofeo.

El fútbol español puede presumir, por tanto, del Mundial masculino de 2026, de conservar la condición de campeón mundial femenino desde 2023 y de haber añadido durante el mismo verano los Europeos Sub-19 masculino y femenino.

Y entre esos éxitos aparece otro título fundamental para comprender la continuidad del modelo.

El oro olímpico que conectó la cantera con la selección campeona del mundo

El 9 de agosto de 2024, la selección olímpica masculina se proclamó campeona en los Juegos de París tras derrotar a Francia por 5-3 en una final extraordinaria disputada en el Parque de los Príncipes.

Francia se adelantó, España respondió con dos goles de Fermín López y otro de Álex Baena, el conjunto anfitrión forzó la prórroga con el 3-3 y Sergio Camello resolvió el partido con dos tantos en el tiempo suplementario. España recuperó así el oro olímpico 32 años después del conquistado en Barcelona 1992.

Marruecos había sido el rival español en las semifinales, con victoria de España por 1-2. Francia fue el adversario en la final, saldada con el histórico 5-3.

Aquel recorrido sirve hoy como una prueba especialmente clara de la conexión entre las categorías de formación y la absoluta. Eric García, Álex Baena, Pau Cubarsí, Marc Pubill y Joan García participaron en el oro olímpico de París y, dos años después, formaron parte del grupo proclamado campeón mundial en 2026.

No fueron dos éxitos desconectados. El oro olímpico adelantó el potencial de una generación que acabaría encontrando su sitio en la selección absoluta.

Conviene también precisar el lugar de la Nations League dentro de esta etapa. España ganó la competición masculina en 2023, fue finalista de la edición posterior y comenzará en septiembre de 2026 una nueva campaña frente a Inglaterra, Croacia y la República Checa. El título de la Liga de Naciones forma parte del ciclo ganador reciente, pero no fue conquistado en 2026.

La conclusión es difícil de discutir. España no posee únicamente una gran selección de fútbol. Tiene una estructura capaz de ganar simultáneamente con sus equipos masculino y femenino, con la absoluta, con la olímpica y con las Sub-19.

Veinte años después, la revolución de Japón continúa

En 2006 España se proclamó campeona del mundo absoluta de baloncesto en Japón. Aquel oro transformó la percepción internacional de la selección y también la confianza del propio baloncesto español.

La generación encabezada por Pau Gasol, Juan Carlos Navarro, José Manuel Calderón, Jorge Garbajosa, Felipe Reyes, Carlos Jiménez y el resto de aquel equipo no se limitó a conquistar un campeonato. Modificó la manera en que España entendía la competición.

Durante los años siguientes, el combinado nacional se convirtió en la alternativa más consistente al dominio de Estados Unidos. Disputó las finales olímpicas de Pekín 2008 y Londres 2012 frente al equipo estadounidense, levantó nuevos títulos continentales y construyó una cultura ganadora que sobrevivió a quienes la iniciaron.

Veinte años después, las nuevas generaciones siguen demostrando que la herencia de Japón no terminó con la retirada de sus protagonistas.

La selección U18 femenina se proclamó campeona de Europa tras derrotar a Francia por un rotundo 46-82 en Estocolmo. El equipo dirigido por Isaac Fernández no sólo ganó la final, sino que revalidó el título conquistado en 2025, algo que España nunca había conseguido anteriormente en esta categoría.

España dominó el torneo desde una defensa asfixiante, un ataque compartido y una profundidad de plantilla que permitió mantener la intensidad durante cada partido. Somto Okafor fue elegida MVP del campeonato y lideró la final con 17 puntos, mientras María Carbo aportó 12 y Marta Llompart añadió 11.

Unas semanas antes, la U17 femenina había alcanzado la final del Mundial de baloncesto en Brno.

España derrotó a Australia por 51-58 en semifinales y discutió el título a Estados Unidos antes de caer por 82-73.

La plata fue el premio a un campeonato extraordinario y, ante todo, una demostración de que la cantera femenina española puede competir de frente con la estructura más poderosa del planeta.

También subió al podio la U20 masculina. España venció a Francia por 54-65 en el partido por el bronce del EuroBasket de Eslovenia y regresó a las medallas después de tres ediciones consecutivas fuera del podio. El éxito se construyó desde la defensa, el esfuerzo y el juego colectivo de un equipo que creció a medida que avanzaba el campeonato.

La U18 masculina completó, además, otro Europeo de enorme nivel. Terminó cuarta tras caer por 69-74 ante Francia en la lucha por el bronce, pero consiguió clasificarse para el Mundial U19 de 2027 después de protagonizar una remontada difícil de creer en cuartos de final. Grecia dominaba por 55-28 cuando restaban 16 minutos, pero España respondió con un parcial de 11-41 y terminó ganando por 66-69.

Oro europeo U18 femenino, plata mundial U17 femenina, bronce continental U20 masculino y cuarta posición europea U18 masculina. Todo en apenas unas semanas.

No es una generación aislada. Son distintas edades, cuerpos técnicos diferentes y selecciones masculinas y femeninas llegando simultáneamente a las rondas decisivas.

Las Guerreras Juveniles conquistan el mundo otra vez

El balonmano español también ha aportado uno de los mayores éxitos de este verano.

Las Guerreras Juveniles se proclamaron campeonas del mundo en Rumanía tras derrotar a Montenegro por 26-23 en una final que tuvieron muy cuesta arriba.

España llegó a encontrarse tres goles por debajo en el tramo determinante, pero una defensa abierta, la utilización del ataque con siete jugadoras y una admirable capacidad para soportar la presión transformaron el encuentro.

El equipo dirigido por Cristina Cabeza pasó de perder 20-22 a dominar por 26-22 mediante una reacción demoledora. Montenegro sólo pudo marcar un último gol cuando el título ya se encontraba en manos españolas.

España revalidó así la corona conquistada dos años antes en China y se convirtió en la segunda selección de la historia capaz de enlazar dos Campeonatos del Mundo juveniles femeninos consecutivos.

Ese éxito convivió con la presencia de los Hispanos Juveniles entre las cuatro mejores selecciones de Europa. España superó a Francia por 29-27 en el cruce que le permitió entrar en semifinales. Después cayó ante Alemania y perdió por 25-28 frente a Dinamarca en la lucha por el bronce, cerrando el EHF EURO 2026 en cuarta posición.

Ser campeón mundial en categoría juvenil femenina y semifinalista europeo en la masculina durante el mismo verano confirma la profundidad de una cantera obligada a competir contra países donde el balonmano posee una implantación social y económica enorme.

España no siempre dispone de más recursos que Dinamarca, Alemania, Francia o Suecia. Sin embargo, casi siempre encuentra la manera de enfrentarse a ellos.

El waterpolo vive instalado entre las potencias

El agua ofrece otra explicación del fenómeno.

En agosto de 2026, la selección española U20 femenina de waterpolo alcanzó la final del Europeo de Oeiras y se proclamó subcampeona continental tras caer ante Hungría por 21-20 en la tanda de penaltis.

Al mismo tiempo, la U16 masculina avanzó hasta la final mundial después de eliminar a Estados Unidos por 17-16, también en los penaltis, tras una remontada de enorme mérito.

Estos resultados juveniles se producen dentro de un ecosistema en el que el waterpolo absoluto también ha acostumbrado a España a luchar por los grandes títulos. La selección masculina había conquistado en Singapur 2025 el cuarto Mundial de su historia, mientras la estructura nacional mantiene competiciones desde las edades alevines hasta las categorías juveniles y absolutas.

La continuidad entre base y selección absoluta vuelve a aparecer. Primero se construye una competición doméstica amplia. Después se detecta el talento, se le concede experiencia internacional y, finalmente, una parte de esas generaciones alcanza la élite.

No es magia. Es trabajo acumulado.

La natación artística convierte cada campeonato en una colección de medallas

La natación artística española cerró el Europeo de París 2026 con ocho medallas: un oro, cinco platas y dos bronces. España fue la delegación que más veces subió al podio durante la competición.

Iris Tió conquistó el oro en solo técnico y se convirtió en la primera representante española que alcanzaba el título europeo en esa prueba. Además, participó en seis de las ocho rutinas medallistas de España.La cosecha llegó después de un Mundial de Singapur 2025 en el que España había logrado nueve medallas, su mejor actuación histórica en un campeonato mundial de natación artística.

El proyecto dirigido por Andrea Fuentes combina preparación técnica, creatividad, expresión artística, innovación y una revisión constante de las rutinas. España no se limita a perseguir a las potencias tradicionales. Busca presentar una propuesta propia y competir desde una identidad reconocible.

Ésa es otra característica común del deporte español actual. No todos los equipos ganan de la misma forma, pero muchos saben quiénes son y cómo quieren competir.

De Nadal a Alcaraz, y de Alcaraz a Jódar

El tenis demuestra que el fenómeno tampoco se limita a los deportes de equipo.

Durante años, Rafael Nadal llevó al deporte español hasta un territorio que parecía imposible repetir.

Su trayectoria no sólo produjo títulos. Construyó un modelo de esfuerzo, resistencia y ambición que influyó en generaciones completas.

Después apareció Carlos Alcaraz, capaz de asumir el foco internacional sin limitarse a imitar a su antecesor.

Carlos Alcaraz cuenta con un espectacular historial deportivo que incluye 26 títulos individuales de la ATP, de los cuales 7 son Grand Slams.

Con solo 23 años, el tenista murciano ya ha completado el Grand Slam de carrera al ganar los cuatro grandes torneos, siendo el jugador más joven de la Era Abierta en conseguirlo. Actualmente ocupa el puesto número 2 del ranking mundial ATP.

Y mientras Alcaraz se instalaba entre las principales referencias del circuito, otra promoción comenzó a abrirse camino.

Rafael Jódar es uno de sus nombres destacados. Campeón júnior del US Open en 2024, pasó del puesto 896 al inicio de 2025 al Top 100 en marzo de 2026.

Posteriormente conquistó en Marrakech su primer título ATP, convirtiéndose en el sexto español que levantaba un trofeo del circuito antes de cumplir veinte años, después de Nadal, Alcaraz, Carlos Moyà, Juan Carlos Ferrero y Tommy Robredo. En agosto de 2026 ya había disputado dos finales ATP y alcanzado el puesto 15 de la clasificación.

Lo importante no es presentar a Jódar como el nuevo Nadal o el nuevo Alcaraz. España no necesita fabricar copias. El verdadero éxito consiste en seguir creando contextos en los que cada deportista pueda desarrollar su propia identidad.

¿Por qué está pasando?

No existe una única explicación. Tampoco sería serio atribuir estos resultados a una supuesta superioridad natural o a una misteriosa capacidad española para competir.

El éxito tiene raíces concretas.

La primera se encuentra en los clubes. Las selecciones nacionales no forman desde cero a quienes posteriormente ganan los campeonatos. Reciben el trabajo previo de miles de entidades, escuelas, entrenadores y familias. El proceso comienza en campos municipales, piscinas, pistas de barrio y pabellones donde casi nunca hay cámaras.

La segunda está en la estructura territorial. España dispone de competiciones autonómicas y nacionales que permiten disputar una gran cantidad de partidos de nivel antes de llegar a las selecciones. La amplitud de esa pirámide multiplica la capacidad de detectar jugadores, conservar talento y ofrecer caminos diferentes para alcanzar el alto rendimiento.

La tercera es la formación de los técnicos. El entrenador de base ya no se limita a organizar ejercicios. Planifica, analiza, enseña conceptos, desarrolla habilidades y gestiona grupos dentro de metodologías cada vez más profesionalizadas.

La cuarta es la infraestructura construida durante décadas. Los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 impulsaron la modernización de instalaciones, federaciones y programas de preparación, además del desarrollo de los Centros de Alto Rendimiento y Tecnificación. El Consejo Superior de Deportes mantiene una red de centros, becas, recursos y programas destinados a apoyar el alto rendimiento.

La quinta es el crecimiento del deporte femenino. Los resultados actuales del fútbol, el baloncesto, el balonmano, el waterpolo y la natación artística no podrían entenderse sin la incorporación progresiva de muchas más niñas y jóvenes a las estructuras competitivas.

La sexta es cultural. Las nuevas generaciones han crecido viendo ganar a España. Ya no viajan a un Mundial preguntándose si pertenecen a ese nivel. Llegan sabiendo que otras selecciones españolas ya han vencido antes.

Eso no elimina los nervios, la dificultad ni el riesgo de perder. Pero cambia por completo el punto de partida mental.

Globalon Insight

La gran virtud del deporte español no consiste únicamente en producir campeones. Consiste en encontrar relevos, crear nuevas generaciones y mantener una identidad competitiva cuando se retiran las grandes figuras.

La España de 2026 no depende de una sola selección, de un único deporte ni de una estrella irrepetible.

Mientras la selección masculina de fútbol levanta el Mundial, la Sub-19 masculina gana Europa y la Sub-19 femenina conquista su quinto Europeo consecutivo.

Mientras la selección femenina conserva su corona mundial, varios campeones olímpicos de París 2024 completan el viaje desde el fútbol de formación hasta el título mundial absoluto de 2026.

Mientras se cumplen veinte años del oro de Japón, la U18 femenina de baloncesto revalida el Europeo, la U17 femenina llega a la final mundial ante Estados Unidos y la U20 masculina regresa al podio continental.

Mientras las Guerreras Juveniles vuelven a ser campeonas del mundo, los Hispanos Juveniles compiten entre los cuatro mejores de Europa.

Mientras el waterpolo juvenil disputa finales, la natación artística suma ocho medallas europeas y el tenis presenta nuevos nombres después de Nadal y Alcaraz.

Por eso hablar de una generación dorada se ha quedado pequeño.

Una generación nace, gana y se marcha. Lo que está ocurriendo en España dura demasiado tiempo, aparece en demasiados deportes y se reproduce en demasiadas edades como para atribuirlo a una coincidencia.

España no es uno de los países más poblados del planeta. Tampoco dispone de la capacidad económica de Estados Unidos, China, Alemania, Francia o Reino Unido. Sus clubes modestos sufren, muchas familias realizan enormes esfuerzos y no todas las federaciones trabajan con los mismos recursos.

Precisamente por eso resulta tan extraordinario.

El país ha conseguido unir una extensa red de clubes, entrenadores preparados, competiciones exigentes, centros de tecnificación, referentes de éxito y una cultura que ya no teme a las grandes potencias.

No siempre se gana. La U17 femenina de baloncesto perdió su final ante Estados Unidos. Los Hispanos Juveniles se quedaron sin bronce. La U18 masculina de baloncesto terminó cuarta. La U20 de waterpolo cedió el oro después de los penaltis.

Pero incluso esas derrotas explican la dimensión alcanzada: España estaba allí, jugando por el título o por una medalla.

Ésa es la verdadera medida de una potencia.

No ganar todos los días, porque eso es imposible, sino regresar una y otra vez al lugar donde se deciden los campeonatos.

Por eso convendría dejar de llamarlas categorías inferiores. Son la base sobre la que se sostiene uno de los sistemas deportivos más competitivos del mundo.

Y por eso España no atraviesa simplemente una buena racha.

España se ha convertido en una fábrica de campeones.

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