
Hay días en los que uno se sienta delante de la carrera esperando ciclismo y termina encontrándose con una historia. Lo de Liubliana fue eso. Una carrera de las que se viven con el corazón encogido, porque cuando parecía que todo estaba decidido todavía quedaban kilómetros, curvas y algún que otro susto por delante. Y al final, Remco Evenepoel acabó vestido de campeón de Europa.
La carrera fue colocando a cada uno en su sitio. Los 196 kilómetros hasta Sencur no permitían demasiadas alegrías y los pasos por Mozjanca fueron haciendo la selección poco a poco. Bélgica sabía lo que tenía que hacer. Esperar, guardar fuerzas y no enseñar todas las cartas antes de tiempo. Mientras tanto, Italia esperaba su momento.
Entonces apareció Evenepoel. A unos 36 kilómetros de meta lanzó el ataque que todos esperábamos. Ciccone fue el único capaz de seguirle. Ahí empezó otra carrera. Dos hombres delante, el Europeo en juego y el grupo ya demasiado lejos como para mirar hacia otro lado. Parecía que Remco tenía la situación bajo control. Pero en ciclismo nunca conviene cantar victoria demasiado pronto.
Llegó la curva y llegó el susto. Evenepoel se fue al suelo. Así, de repente. Una caída que podía cambiarlo todo. Durante unos segundos uno se pregunta si el campeón que todos imaginábamos acaba de perder el Europeo contra una valla. Pero Remco se levantó, miró la bicicleta y volvió a pedalear. Sin tiempo para lamentaciones. Había que seguir. Y siguió.
Ciccone hizo entonces una carrera enorme. El italiano no se escondió y llegó a la recta final sabiendo que podía hacer historia. Lanzó primero. Evenepoel respondió. Fueron unos metros interminables, de esos en los que uno mira la pantalla y casi deja de respirar. Las bicicletas llegaron prácticamente juntas y hubo que esperar a la foto finish.
Ganó Remco. Por muy poco, pero ganó. Y quizá ahí estuvo la grandeza de su victoria. No fue solamente cuestión de piernas. Fue cuestión de levantarse después de caer, volver a entrar en la carrera y tener todavía fuerzas para disputar el título cuando ya no quedaba margen para el error.
Ciccone se llevó la plata y Scaroni completó el podio italiano. Merecido premio para una selección que entendió perfectamente cómo se debía correr este Europeo. España, por su parte, encontró en Iván Romeo una magnífica noticia con ese quinto puesto entre los mejores. No hubo medalla, pero sí una actuación de las que dejan buenas sensaciones y hacen mirar hacia adelante.
Y cuando todo terminó quedó esa sensación tan nuestra, tan de ciclismo. La de haber visto una carrera que pudo cambiar varias veces de dueño. La de haber sufrido con una caída y celebrado una remontada. La de saber que durante unos segundos dos hombres se jugaron todo lo trabajado durante casi cinco horas en unos pocos metros.
Evenepoel ya tiene su corona europea. Ciccone se queda con la plata y con la certeza de haber estado a un suspiro de tocar el cielo. Nosotros nos quedamos con una carrera para recordar. Porque al final, amigos, de eso va también este deporte. De caer, levantarse y volver a intentarlo. De no rendirse cuando la carretera te dice que quizá ya no puedes más.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




