
Hay carreras que se sienten en las tripas. La de Montreal fue una de ellas. Desde que el pelotón salió de Brossard, con 273 kilómetros por delante, se intuía que algo grande podía ocurrir. Sin Pogacar en la salida, el arcoíris esperaba dueño. Pero una cosa es tener la oportunidad y otra muy distinta saber conquistarla.
La Voie Camillien-Houde comenzó a poner cada cosa en su sitio. Una subida corta, engañosa, de esas que parecen inofensivas y terminan pasando factura. Van der Poel atacó a casi noventa kilómetros de la meta y su acelerón rompió el grupo. Roglic, Onley, Healy y otros nombres importantes trataron de seguirle. La carrera entraba en otra dimensión.
Por detrás, el pelotón se convirtió en un escenario de supervivencia. Evenepoel, recién proclamado campeón del mundo de contrarreloj por cuarta vez, buscaba mantenerse en la pelea. Seixas y Del Toro también movían sus piezas. Mas y Ayuso trataban de encontrar su momento para España. El grupo se estiraba y volvía a compactarse, pero cada esfuerzo dejaba una factura más difícil de pagar.
Hasta que apareció McNulty.
A poco más de treinta kilómetros de la llegada, el estadounidense levantó la cabeza, midió la situación y aceleró. Sin aspavientos. Sin mirar atrás. Una apuesta seca y valiente cuando todavía quedaba demasiado terreno como para sentirse ganador. Era el instante en el que había que decidir entre esperar o jugarse el todo por el todo.
McNulty eligió lo segundo. Se lanzó contra el viento y empezó a construir su sueño pedalada a pedalada. Detrás, Matthews y Van der Poel consiguieron llegar juntos a trece segundos. El australiano se llevó la plata y el neerlandés el bronce. Simmons, Del Toro, Pidcock y compañía llegaron cerca, pero la oportunidad ya se había escapado.
El estadounidense cruzó la línea con los brazos abiertos y una expresión de incredulidad que decía más que cualquier celebración. Había conquistado el arcoíris. Se convertía así en el tercer campeón mundial estadounidense, después de Greg LeMond y Lance Armstrong. Un triunfo construido lejos de los focos, con inteligencia, resistencia y una lectura perfecta de la carrera.
Porque el Mundial no siempre lo gana quien más ataca ni quien llega con el nombre más grande. A veces vence quien sabe guardar una última reserva cuando los demás ya han gastado las suyas. McNulty esperó. Observó. Y cuando vio la puerta abierta, entró sin pedir permiso.
Montreal vivió entonces uno de esos finales que hacen grande al ciclismo. Un corredor escapado, un grupo persiguiendo y una ciudad esperando saber si el sueño resistiría. Resistió.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




