
Hay carreras que se ganan y carreras que, sencillamente, se dominan. La de Montreal pertenece a esa segunda categoría. Remco Evenepoel volvió a sentarse sobre la bicicleta de contrarreloj, miró al frente y dejó que hablara el reloj. Y el reloj habló claro. Muy claro. El belga es campeón del mundo otra vez. Cuatro veces consecutivas. Ahí queda el dato, frío como un cronómetro, pero enorme cuando uno empieza a comprender lo que significa.
La contrarreloj tiene esa crueldad que tanto la distingue. No hay compañeros que te empujen, ni ruedas ajenas que seguir, ni ataques que responder. Solo carretera, viento, piernas y cabeza. Cada pedalada lleva incorporada una pregunta. ¿Has guardado demasiado? ¿Te has pasado? ¿Dónde están los segundos que se escapan? En Montreal había que contestarlas todas.
El recorrido, rápido y exigente a su manera, invitaba a correr. Casi cuarenta kilómetros para los especialistas, para esos hombres que parecen haber nacido con un metrónomo instalado en las piernas. Y Evenepoel encontró pronto ese punto mágico en el que el esfuerzo deja de parecer esfuerzo y se convierte en velocidad. Sin aspavientos. Sin regalar nada. Como quien sabe perfectamente dónde quiere llegar.
Detrás, Filippo Ganna volvió a demostrar por qué su nombre siempre aparece cuando se habla de estas batallas. Potencia, elegancia y una capacidad extraordinaria para mantener el sufrimiento durante kilómetros. Pero esta vez tampoco bastó. El italiano tuvo que conformarse con la plata, mientras el belga seguía avanzando hacia una victoria que, a medida que pasaban los kilómetros, parecía cada vez menos discutible.
Y entonces apareció Paul Seixas. Apenas 19 años y ya con un bronce mundial absoluto colgado del cuello. El francés se metió entre dos gigantes de la especialidad y dejó una de esas fotografías que conviene guardar. Porque quizá dentro de unos años miremos aquella clasificación y entendamos que no estábamos viendo una sorpresa, sino el principio de algo.
Isaac del Toro también dejó su pequeña huella en una crono de enorme nivel, terminando entre los mejores y confirmando que su nombre ya forma parte de esas conversaciones que miran mucho más allá del presente.
También hubo espacio para los nuestros. Iván Romeo afrontó una prueba de máxima exigencia entre algunos de los mejores especialistas del planeta. El resultado quizá no diga todo lo que ocurre cuando uno se enfrenta al reloj en un Mundial. Hay derrotas que enseñan y posiciones que sirven para seguir creciendo. En ciclismo, casi siempre, el futuro se construye después de estas tardes.
Pero el protagonista tenía nombre y apellido. Remco Evenepoel. Cuatro títulos mundiales consecutivos. Una barbaridad que empieza a escapar de la categoría de hazaña para entrar directamente en la historia. El belga ha conseguido convertir lo extraordinario en una especie de rutina. Y eso, precisamente eso, es lo verdaderamente difícil.
Ahora cambia el escenario. Cambiarán las bicicletas, cambiarán las estrategias y aparecerán otros nombres con ganas de discutirle el arcoíris. Pero queda la sensación de que esta contrarreloj ha vuelto a dejar una de esas imágenes que explican por qué seguimos mirando ciclismo. Un hombre contra el reloj. Una carretera delante. Y al final, el arcoíris.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.
David García




