Ciclismo

::Ciclismo – La Vuelta 2026. Granada baja el telón y Enric Mas toca por fin el cielo

 

Granada siempre sabe despedir las grandes historias. Tiene ese aire de ciudad que contempla el paso del tiempo con una mezcla de orgullo y melancolía. Y allí, bajo el último sol de septiembre, terminó esta Vuelta a España que durante tres semanas nos tuvo pendientes de la carretera. Enric Mas llegó vestido de rojo. Esta vez no era una promesa, ni una ilusión, ni otro segundo puesto que explicar. Era el ganador.

La última etapa tenía ese carácter extraño de las jornadas de clausura. Se corre, naturalmente, pero también se celebra. Los kilómetros pesan menos y los recuerdos pesan más. Los corredores saben que están a punto de cerrar una puerta y cuesta no echar la vista atrás. Granada fue el escenario perfecto para ese último paseo, aunque el ciclismo, incluso cuando parece dormido, siempre guarda un pequeño sobresalto.

Lo tuvo Tobias Halland Johannessen. El noruego encontró en la última oportunidad su recompensa más grande. Ganar una etapa de una gran vuelta no es cualquier cosa. Hay victorias que se celebran y otras que se recuerdan toda la vida. La suya pertenece a las segundas. Supo esperar, medir el momento y lanzar el último golpe cuando ya no quedaba carretera para arrepentirse.

Pero la fotografía del día pertenecía a Enric Mas. El mallorquín no necesitaba atacar. No necesitaba demostrar nada más. Bastaba con llegar. Y quizá esa haya sido una de las sensaciones más hermosas de su carrera. Durante años se le pidió el salto definitivo, ese día que siempre parecía estar cerca pero nunca terminaba de llegar. Hoy llegó. Sin ruido. Sin necesidad de disfrazarlo.

Primoz Roglic terminó segundo y Felix Gall completó el podio. Son nombres que explican también la dimensión de lo conseguido por Mas. No ha ganado una Vuelta vacía de rivales ni una carrera entregada de antemano. Ha tenido que sufrirla, interpretarla y defenderla. El abandono de algunos protagonistas cambió el escenario, pero después había que pedalear. Y mucho.

Quizá por eso este triunfo tenga un sabor especial para el ciclismo español. Han pasado doce años desde la última victoria española en la Vuelta. Doce años de espera, de intentos, de nombres que se acercaron y de mañanas en las que parecía que la historia tendría que seguir esperando. Mas ha roto esa espera cuando muchos ya empezaban a preguntarse si sería capaz.

La montaña terminó siendo el lugar donde se decidió todo. Allí, en los días verdaderamente duros, se separaron los aspirantes de los que simplemente resistían. Mas entendió que no siempre había que ganar el día. A veces había que perder lo justo. Guardar una pedalada. Respirar. Esperar. En una gran vuelta, saber sufrir también es una forma de atacar.

Y ahora queda la calma. Esa calma extraña que llega cuando se acaba una carrera que durante tres semanas ha ocupado las conversaciones, las tardes y las madrugadas. Queda la nostalgia por lo vivido y también la certeza de que dentro de unos días volveremos a buscar otra historia. Porque el ciclismo nunca termina del todo. Siempre queda una carretera esperando.

Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

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