
Hay victorias que se ganan por minutos y otras que se ganan por centímetros. Esta se ganó por nueve centésimas. Nueve. Lo que tarda un suspiro en escaparse, lo que dura un parpadeo mal contado. Pero en Mónaco, donde todo parece medirse con precisión de reloj suizo, Tadej Pogačar volvió a demostrar que también sabe ganar cuando no hay margen para esconderse.
La Vuelta arrancó entre lujo, asfalto y una cierta sensación de estar asistiendo a algo diferente. El Casino, los túneles, las curvas del Principado, el recuerdo permanente de la Fórmula 1. Nueve kilómetros y cuatrocientos metros que parecían poca cosa sobre el papel y que, sin embargo, exigieron piernas, cabeza y una valentía especial. Porque una crono así no se corre. Se interpreta. Y Pogačar la interpretó como un maestro.
Durante buena parte de la tarde hubo un nombre por encima de los demás. Ethan Hayter había puesto un tiempo que parecía destinado a resistir. Había rodado con decisión, aprovechando cada recta y acariciando las curvas sin regalar una sola décima. Parecía que la primera roja tenía dueño. Entonces apareció el esloveno.
Pogačar salió a buscar la victoria sin necesidad de hacer ruido. No lo necesitaba. Fue entrando en cada giro, acelerando donde otros levantaban el pie y aceptando el riesgo justo, ese que separa a los buenos de los elegidos. Al final, nueve centésimas. Nada. Y todo. Hayter se quedó con la miel en los labios y Pogačar con el primer maillot rojo.
Hay algo, además, que hace especial este comienzo. Mónaco no es un escenario cualquiera para él. Es su casa. Aquí vive, aquí entrena, aquí conoce las carreteras como quien conoce el pasillo de su propia casa. Y quizá por eso la victoria tuvo ese punto de naturalidad que asusta. Parecía que simplemente había salido a dar una vuelta y, de paso, había ganado la Vuelta.
Joshua Tarling terminó tercero y dejó una de las imágenes más conmovedoras de la jornada. Llegaba golpeado por el dolor de haber perdido recientemente a su hermano Finlay y, aun así, se puso el dorsal, se subió a la bicicleta y compitió. A veces una clasificación explica muy poco. Hoy, la suya lo explica todo.
Entre los aspirantes a la general, João Almeida e Iván Romeo salen reforzados. Romeo, especialmente, dejó una impresión magnífica. Y mientras tanto Roglič, vigesimocuarto a 22 segundos, deberá esperar. Nadie puede ganar una Vuelta en nueve kilómetros, pero sí puede empezar a perderla. El esloveno sabe perfectamente que todavía queda una eternidad por delante.
Porque esto no ha hecho más que empezar. Pogačar tiene el rojo, sí, pero delante quedan montañas, calor, días malos, emboscadas y una carrera que no concede treguas. La Vuelta no se entrega al primer golpe. Se conquista sobreviviendo a todos los golpes.
Y qué quieren que les diga. Después de lo visto hoy, uno tiene la sensación de que vamos a disfrutar. Pogačar ha enseñado las cartas demasiado pronto, quizá. O quizá no haya cartas que esconder. La carretera dictará sentencia. Nosotros estaremos aquí para contarlo.
Ha sido un placer narrarles esta primera batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




