Cartas al Director

::Cartas al director – ¿Y si el Camino no terminara en Santiago?

La meta no es una catedral. La meta es descubrir quién camina contigo desde el primer paso.

Está de moda. Últimamente hay una frase que escucho una y otra vez: “Este verano vamos a hacer el Camino de Santiago”.

Me lo han dicho amigos, vecinos, conocidos… Para unos es un reto deportivo. Para otros, una aventura pendiente, una forma de desconectar o de ponerse a prueba.

Y me resulta curioso, porque el Camino nunca nació para nada de eso.

Según la tradición, el apóstol Santiago el Mayor llegó a Hispania después de la muerte de Jesús con la misión de anunciar el Evangelio. No encontró multitudes esperándolo. Encontró rechazo, cansancio y desánimo. Tanto, que estuvo a punto de abandonar.

Fue entonces cuando, a orillas del Ebro, la Virgen María se le apareció para recordarle algo que todos necesitamos escuchar alguna vez:

«No olvides por qué empezaste.»

Años después, Santiago moriría en Jerusalén. Sus discípulos trasladaron su cuerpo hasta Galicia y, siglos más tarde, el descubrimiento de su sepulcro convirtió Compostela en uno de los grandes destinos de peregrinación de la cristiandad.

Desde entonces, millones de personas han recorrido esos senderos. Cada una con sus motivos. Y todos son respetables.

Yo creo que, aunque muchos no lo sepan, nadie termina el Camino siendo exactamente la misma persona que lo empezó.

Porque el Camino tiene algo que no aparece en los mapas. Las ampollas se curan. El cansancio desaparece. Los kilómetros se olvidan.

Lo que permanece son las conversaciones inesperadas, los silencios compartidos, las personas que aparecen durante unos pocos kilómetros y dejan una huella para toda la vida. También las despedidas.

Porque el Camino enseña una verdad que tarde o temprano todos descubrimos: no todo el mundo recorrerá contigo el mismo tramo.

Hay quienes llegan para ayudarte a levantarte. Otros para enseñarte algo. Y otros simplemente para recordarte que la vida sigue avanzando.

Después llega la plaza del Obradoiro. Levantas la vista, contemplas la catedral y durante unos segundos sientes que todo ha merecido la pena. Muchos creen que ahí termina el viaje. Yo creo que ahí comienza la verdadera peregrinación.

Porque existe otro Camino. El que da sentido al Camino de Santiago… y también al nuestro. El que ilumina el porqué de cada paso y el para qué de nuestra existencia. No aparece en ninguna guía, no tiene flechas amarillas ni etapas marcadas. Y, sin embargo, todos lo recorremos desde el día en que nacemos.

En él también hay cuestas imposibles, piedras que nos hacen caer, desiertos en los que parece que nunca volveremos a encontrar agua y cruces donde no sabemos qué dirección tomar.

Pero también aparecen personas que nos sostienen cuando ya no podemos más. Una conversación que llega justo a tiempo. Una mano tendida. Un abrazo inesperado.

Una palabra que devuelve la esperanza. Pequeños gestos que no cambian el mundo… pero sí cambian a quien los recibe.

Y es entonces cuando uno empieza a sospechar que quizá nunca ha caminado solo. Que hay una presencia discreta, paciente, que no obliga ni empuja, pero que siempre permanece. Una presencia que sostiene cuando las fuerzas desaparecen. Que espera cuando nos desviamos. Que vuelve a salir a nuestro encuentro cuando creemos habernos perdido. Quizá esa sea la gran enseñanza del Camino de Santiago.

Que, al final, la meta no es una catedral. La meta es descubrir quién ha caminado contigo desde el primer paso.

Jesús de Nazaret lo resumió con una frase que ha atravesado veinte siglos sin perder su fuerza: «Yo soy el camino, la verdad y la vida.»

No dijo que enseñaba un camino. Dijo que el camino era Él.

El mismo que recorrió Santiago. El mismo que han seguido millones de personas antes que nosotros. Y el mismo que sigue abierto para cualquiera que, en medio del ruido, de las prisas y de tantos caminos que prometen felicidad, siga buscando una dirección que de verdad conduzca a casa.

Todo peregrino sabe que, para completar una ruta, no basta con avanzar. Hay que detenerse a beber. Sin agua, el cuerpo termina agotándose y ningún caminante llega muy lejos.

También en el camino de la vida existe una sed que nada material consigue apagar: la sed de sentido, de paz, de amor, de esperanza.

Por eso Jesús habló de un agua diferente. Un agua que no solo calma la sed por un instante, sino que transforma por dentro a quien la recibe. Un agua viva que, como Él mismo dijo, «se convierte en su interior en un manantial que brota para la vida eterna».

Quizá, después de todo, la gran peregrinación de nuestra vida no consista en llegar más lejos ni más deprisa. Ni en acumular más bienes, más dinero o más éxito, porque todo eso terminará deteriorándose con el tiempo o acabará en manos de otros.

Nada de eso podremos llevarnos cuando lleguemos a la última etapa del camino.

Lo único que viajará con nosotros será aquello que de verdad dio sentido a nuestros pasos: los nombres que llenaron nuestra historia, las manos que estrechamos, los abrazos que nos levantaron, las lágrimas compartidas, las risas que nos regalaron esperanza y el amor que fuimos capaces de dar y de recibir.

Porque, al final, no importará cuánto caminamos, sino con quién caminamos… y de qué fuente decidimos beber. Porque el final del Camino no es un lugar, es un encuentro. El encuentro con Aquel que caminó contigo desde el primer paso.

Tal vez por eso, al llegar a Santiago, tantos peregrinos sienten el deseo de abrazar la imagen del Apóstol. Es un gesto sencillo, casi instintivo, que pone el broche final a una larga peregrinación.

Pero ese abrazo solo es un anticipo de otro mucho más grande. El abrazo de Dios.

Ese que lleva esperándonos desde el primer día de nuestro camino. Ese en el que comprenderemos que nunca caminamos solos, porque Él estuvo a nuestro lado en cada paso, incluso cuando no éramos capaces de reconocer su presencia.

Buen Camino.

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