
El ciclismo es, ante todo, un pulso contra los elementos. Una locura donde el guion se escribe con sangre, sudor y hielo. Niza amaneció con nieve, y la etapa reina se redujo a cuarenta y siete kilómetros. El frío calaba hasta los huesos de un pelotón que vio esfumarse Auron para morir en Isola. Las redes ardían con la protesta de la afición. La montaña se nos negaba por seguridad, pero la épica nunca falta. Fue un latigazo gélido donde las piernas pedían clemencia y el corazón exigía gloria.
Sin las rampas originales, la jornada se convirtió en una cacería por el falso llano del Tinée. En ese caos, emergió la pizarra y el músculo del Ineos Grenadiers. Sam Watson abrió el grifo de la potencia, apartando el viento para que Dorian Godon rematara con fuerza. ¡Qué esprint! Godon pasó como un obús por delante de Girmay y Bol, arrebatando el maillot verde a Luke Lamperti, quinto. Ciclismo de quilates, de los que te levantan del asiento.
La tragedia ronda en este deporte. A dos kilómetros del final, una montonera. Allí quedó atrapado nuestro líder, Jonas Vingegaard. Tuvimos el alma en un puño. Cruzó la meta con más de un minuto de retraso, pero la regla de los tres kilómetros salvó su maillot amarillo, manteniendo a raya a rivales como Dani Martínez y Georg Steinhauser. Un milagro reglamentario analizado por toda la prensa.
Es imposible no sentir un nudo al recordar que soñábamos con ver a Juan Ayuso en lo más alto. El alicantino nos dejó huérfanos tras su caída camino de Uchon. Nos queda el consuelo de Carlos Rodríguez, quien leyó la etapa y se protegió en el grupo. Carlos sabe que la carretera te da y te quita, y hoy le tocó apretar los dientes.
El eco de esta jornada resuena en internet y en la prensa. La pasión por estos titanes del asfalto sigue intacta.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado, les espero cada día en la página y en mis crónicas.
La carretera no descansa, y nosotros tampoco.




