
Miren ustedes, que a este bendito deporte le están queriendo robar el alma con tanto cable, tanto potenciómetro y tanta gafa de realidad virtual, pero luego llega la carretera, esa jueza implacable que no sabe de algoritmos, y nos pone a todos en nuestro sitio.
Qué quieren que les diga, lo que hemos vivido entre la tempestad de Uchon y el sol de Colombier-le-Vieux no es ciclismo de oficina; es una oda al sufrimiento, un sacerdocio de la voluntad donde un hombre, un tal Jonas Vingegaard, ha decidido que la París-Niza es su jardín particular y que los demás, amigos míos, son simples invitados a su banquete de gloria.
Todavía tengo el nudo en la garganta al recordar la jornada del miércoles, esa cuarta etapa que salió de Bourges con un viento que cortaba la respiración y una lluvia que convertía el asfalto en una pista de patinaje sobre el infierno. El ciclismo de trinchera, el de los abanicos que rompen el alma y el corazón, se hizo presente para recordarnos que la “Carrera hacia el Sol” a veces empieza en las tinieblas. Y ahí, en una curva traicionera a 47 kilómetros de la meta, el destino le dio la espalda a Juan Ayuso. Ver al chico de Jávea, a nuestro líder, con el maillot amarillo desgarrado y la mirada perdida en la cuneta, fue una puñalada directa al pecho de la afición española. Ayuso se fue al suelo, y con él, se nos escapó un pedazo de ilusión que ni el pundonor de volver a subirse a la bicicleta pudo rescatar antes de que el dolor dictara su sentencia de abandono.
Pero fíjense bien, porque mientras unos lloran en la ambulancia, otros huelen la sangre. Vingegaard, que ya avisaba que la jornada sería brutal, se libró de la montonera por un suspiro y decidió que no había tiempo para elegías. En las rampas de Uchon, bajo un aguacero que parecía querer limpiar los pecados del pelotón, el danés lanzó un hachazo de esos que te dejan sin aire, ganando con una suficiencia que asusta y vistiéndose de amarillo con la frialdad de quien se pone un abrigo antes de salir a pasear. Solo Dani Martínez, ese colombiano que tiene más coraje que vatios en las piernas, intentó sostenerle el pulso, pero acabó claudicando ante la tiranía de un corredor que hoy por hoy parece vivir en otra dimensión física y mental.
Y si pensaban en la quinta etapa camino de Colombier-le-Vieux, el monarca se iba a tomar un respiro porque el sol ya brillaba, es que no conocen la ambición de este Visma-Lease a Bike. Miren, lo de Vingegaard atacando a 20 kilómetros de meta, en la Côte de Saint-Jean-de-Muzols, no es una táctica; es una demolición controlada. No esperó al último puerto, no pidió permiso. Arrancó y el mundo se detuvo. Detrás, la impotencia. Martínez, que está haciendo una carrera de quitarse el sombrero, reconocía que pedaleaba por inercia, sintiendo ese vacío en las piernas que deja el que sabe que está persiguiendo a un fantasma. Casi dos minutos y medio en meta son una eternidad, una brecha que convierte la clasificación general en un monólogo danés y deja al resto peleando por las migajas de un podio que empieza a saber a derrota.
¿Qué nos queda ahora, se preguntarán ustedes? Pues nos queda la épica de lo imposible. Nos queda ver si hombres como Marc Soler o Ion Izagirre, que siguen ahí dejándose la piel en el top 10, pueden inventarse una genialidad en las etapas que restan cerca de Niza.
El ciclismo siempre guarda un as bajo la manga, aunque el mazo lo tenga ahora mismo Vingegaard con mano de hierro. Pero no se me despisten, porque aunque la general parezca sentenciada, la carretera nunca descansa y los valientes siempre encuentran un resquicio para la gloria. La “Carrera hacia el Sol” ha encontrado su luz, pero es una luz que ciega a los rivales y nos obliga a frotarnos los ojos ante lo que estamos presenciando.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales.
La carretera no descansa, y nosotros tampoco. Hoy volveremos a conectar con la realidad de este deporte que tanto nos quita, pero que tanto nos da en momentos de gloria como los que ayer hemos presenciado.
No se lo pierdan, porque el ciclismo siempre guarda un secreto en el último kilómetro.




