¡Damas y caballeros, saludos cordiales! Si ayer el viento nos dejó con la miel en los labios y el cronómetro mudo en aquella crono extraña de Carlet, hoy la carretera ha dictado su ley con una sentencia inapelable: el descaro no entiende de jerarquías ni de carnets de identidad. Porque lo que hemos vivido camino de San Vicente del Raspeig no ha sido una etapa de transición, ¡ha sido un abordaje en toda regla! Se rodó a mil por hora, con el cuchillo entre los dientes desde la misma salida en Orihuela, devorando los huertos de la Vega Baja como si no hubiera un mañana.
El pelotón, esa serpiente multicolor que a veces sestea y negocia, hoy iba dopada de adrenalina, volando a más de 50 kilómetros por hora en la primera mitad, negándose a dejar respirar a cualquier aventurero que osara desafiar la dictadura del gran grupo.
Pero el ciclismo, amigos míos, es el arte de la rebelión.
Y en ese escenario de velocidad absurda, emergió la figura de los nuestros con una valentía que emociona. Raúl García Pierna, con esa elegancia innata que gasta sobre la bicicleta, se empeñó en ser protagonista cuando el asfalto comenzó a mirar al cielo. Fue él quien encendió la mecha en las rampas del Alto de Tibi, llevándose los puntos de la montaña y demostrando que tiene motor para tutear a cualquiera.

Su valentía fue el prólogo necesario, el aviso a navegantes de que la calma aparente escondía una tormenta perfecta. El pelotón se estiró, se retorció y se rompió, dejando cadáveres deportivos en la cuneta mientras los favoritos se miraban de reojo, midiendo sus fuerzas y sus miedos.
Hay que detenerse en ese instante, en el descenso.
Porque ahí, donde el sentido común te pide tocar el freno, Florian Vermeersch decidió que era el día de jugarse el tipo. El belga, un rodador de raza, se lanzó a tumba abierta, trazando las curvas con la precisión de un cirujano y el valor de un piloto de motociclismo. Y a ese tren de alta velocidad se subió un pasajero inesperado: Andrew August.
Un chico de 20 años, del INEOS, que vio la puerta abierta y no pidió permiso para entrar. Se formó así un cuarteto de lujo junto al noruego Ådne Holter y al belga Jonathan Vervenne. Cuatro jinetes contra un ejército desorganizado. Cuatro corazones bombeando a mil revoluciones contra la calculadora fría de los directores de equipo.
¿Y qué pasaba por detrás? Ah, amigos, esa es la tragedia del ciclismo moderno. El pelotón, con toda su fuerza bruta, se vio maniatado por la duda. El NSN Cycling de Biniam Girmay se dejó el alma, cierto, pero estaban solos.

Los grandes capos, los Evenepoel, los Vlasov, los hombres del UAE que no iban en fuga, decidieron jugar al póker. «¿Tiras tú? No, tiro yo». Y en ese intercambio de miradas, en esa racanería de esfuerzos, se les fue la etapa. Es la eterna ley de este deporte: cuando los grandes dudan, los valientes cobran. Y hoy, la factura ha sido carísima para los perseguidores.
La tensión en los últimos cinco kilómetros se podía cortar con un cuchillo. La diferencia bajaba: veinte segundos, quince, doce… Parecía que el tiburón se iba a comer a los peces chicos en la orilla.
Pero ahí emergió la casta. Hubo relevos agónicos, caras desencajadas y piernas que ardían como el fuego. Nadie se guardó un gramo de fuerza.
Es de justicia poética que llegaran. Porque hubiera sido cruel, tremendamente cruel, que el gran grupo les hubiera devorado a cien metros de la pancarta después de tal exhibición de pundonor.
El desenlace en San Vicente del Raspeig fue un thriller psicológico. Los cuatro de delante llegaron con apenas un suspiro de ventaja, sintiendo el aliento de la bestia en el cogote. Holter intentó sorprender de lejos, sabiéndose quizás menos rápido, Vermeersch tiró de veteranía cerrando huecos, pero fue Andrew August quien tuvo la sangre más fría.
Arrancó con una potencia salvaje, un sprint de pura supervivencia donde las piernas pesan como vigas de cemento, y cruzó la meta golpeándose el pecho. Victoria de quilates, su primera como profesional, ante un pelotón que llegó pisándoles los talones, a solo cuatro segundos, encabezado por un Girmay rabioso que sprintó por el honor y por el maillot amarillo.
No quiero cerrar esta crónica sin mencionar el coraje del líder. Biniam Girmay ha demostrado hoy que el amarillo no le pesa. Se ha quedado sin equipo, aislado, rodeado de lobos, y ha tenido la entereza de defender su prenda con uñas y dientes.
Ha sufrido en el puerto, ha perseguido en el llano y ha sprintado en meta. Chapeau por el eritreo. Mañana, sin embargo, la película será muy distinta. Mañana llega el Miserat. Mañana llegan las rampas del 20%. Mañana no valdrán las tácticas ni las miradas; mañana será un hombre contra la montaña.
Y ahí, amigos, es donde veremos quién es quién en esta Volta.
Nos queda el consuelo de que la guerra de verdad empieza mañana. Pero hoy, quédense con esto: el ciclismo es de los que se atreven. De los que no miran el potenciómetro y escuchan al corazón. Ha sido un placer narrarles esta batalla, amigos. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas .
La carretera no descansa, y nosotros tampoco.
CLASIFICACIONES
ETAPA 3 (Orihuela – San Vicente del Raspeig)
Andrew AUGUST (INEOS Grenadiers) — 3h 20′ 54″
Ådne HOLTER (Uno-X Mobility) — m.t.
Florian VERMEERSCH (UAE Team Emirates) — m.t.
Jonathan VERVENNE (Soudal Quick-Step) — a 2″
Ben TURNER (INEOS Grenadiers) — a 4″
6. Biniam GIRMAY (NSN Cycling) — a 4″
GENERAL PROVISIONAL
Biniam GIRMAY (NSN Cycling) — 6h 46′ 29″
Ådne HOLTER (Uno-X Mobility) — m.t.
Florian VERMEERSCH (UAE Team Emirates) — a 6″
Mats WENZEL (Equipo Kern Pharma) — a 6″
Diego SEVILLA (Polti Kometa) — a 6″




