Ciclismo

::Ciclismo – El infierno de Uchon corona a Vingegaard en una jornada de lágrimas para Ayuso

 

Ay, amigos, qué deporte tan cruel y tan hermoso es el ciclismo. Te acuestas siendo el rey del mundo, vestido de un amarillo radiante tras una contrarreloj por equipos para enmarcar, y te despiertas de golpe en medio de una pesadilla. La bautizada como “Carrera hacia el Sol” se disfrazó hoy de puro y duro invierno. Nueve graditos apenas, lluvia caladora y un viento racheado de fuerza cuatro que cortaba la respiración y amenazaba con reventar el pelotón en mil pedazos desde la misma salida en Bourges. Una auténtica locura donde el simple hecho de dar pedales ya dolía en el alma.

Y entonces, llegó el drama. Menudo varapalo nos hemos llevado todos. Faltaban cuarenta y siete kilómetros para la meta, la carrera volaba llena de tensión tras superar la Croix des Cerisiers, y la desgracia se cebó con los nuestros. Un enganchón tonto en la cabeza del grupo, un frenazo a destiempo en ese asfalto traicionero, y al suelo. Ahí estaba Juan Ayuso, nuestro chico de oro, con el maillot de líder manchado de barro y sangre. Tirando de pura raza y pundonor, intentó volver a subirse a la bicicleta, pero el dolor en la cadera dijo basta y tuvo que marcharse en ambulancia. Las redes sociales, desde Twitter hasta los foros más recónditos de Facebook, ardían al instante en mensajes de desolación, estupor y rabia contenida. La prensa escrita española, las emisoras de radio y la televisión… todos nos hemos quedado mudos ante semejante jarro de agua fría.

Con el corazón encogido y la carrera de repente descabezada, nos plantamos en las estribaciones del macizo del Morvan. El puerto de Uchon iba a dictar sentencia con sus ocho kilómetros de pura agonía. Y allí, justo cuando las rampas se pusieron más farrucas, rozando ese durísimo catorce por ciento de desnivel en el último kilómetro, emergió la figura gélida e implacable de Jonas Vingegaard. Qué barbaridad de corredor, fíjense cómo baila sobre los pedales. Apretó los dientes, subió el ritmo de forma asfixiante y solo un titán colombiano llamado Daniel Felipe Martínez tuvo las agallas de soldarse a su rueda trasera.

Fue un mano a mano precioso, de los que hacen afición y te levantan del asiento. Martínez aguantó como un auténtico jabato, apoyado magistralmente en el trabajo previo de su compañero Tim van Dijke. Pero Vingegaard, que venía mordiendo y con ganas de revancha tras perder unos segunditos preciosos en la crono de ayer, metió la directa en el último suspiro. Soltó un latigazo seco, de puro genio, y cruzó la meta en solitario, endosándole cuarenta y un segundos al colombiano en un abrir y cerrar de ojos. Ahora el danés es el nuevo amo y señor de la general, con Martínez a cincuenta y dos segundos y el alemán Georg Steinhauser ya a la friolera de más de tres minutos.

Esta cuarta etapa de la París-Niza nos ha dejado hoy la piel de gallina. Hemos visto la cara más amarga e injusta de este bendito deporte con el triste adiós de Ayuso, pero también hemos presenciado la grandeza épica de un Vingegaard que no perdona ni cuando caen chuzos de punta. Se hablará muchísimo en las tertulias y en la prensa deportiva sobre la tensión extrema de la jornada, el miedo a los abanicos y cómo el Visma ha sabido jugar sus cartas en el caos. Pero así es el ciclismo, señores, pura vida en movimiento y supervivencia extrema.

Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales.

La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

 

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