Ciclismo

::Ciclismo – ¡Apoteosis en la Vía Roma. El pequeño príncipe conquista la primavera por un suspiro!

 

¡Qué barbaridad, amigos míos! El ciclismo no es una hoja de cálculo ni una fría suma de vatios por mucho que los ordenadores se empeñen en decirnos lo contrario. Es una cuestión de alma, de riñones y de esa mirada que solo tienen los elegidos cuando el ácido láctico les llega hasta las cejas y el corazón late con la violencia de un tambor desbocado. Lo que hemos vivido este sábado en la edición número ciento diecisiete de la Milán-Sanremo ha sido un poema épico escrito con el sudor de unos hombres que, tras casi trescientos kilómetros de asfalto y salitre, se han jugado la gloria en el tiempo que tarda un suspiro en desvanecerse. Tadej Pogačar, ese Pequeño Príncipe que parece haber bajado de un asteroide para recordarnos que lo imposible es solo una opinión, ha logrado por fin besar el cielo en Sanremo, pero vaya si le ha costado sangre, sudor y lágrimas.

La Classicissima tiene esa liturgia sagrada que no posee ninguna otra carrera en el mundo. Es la espera larga y angustiosa de seis horas donde parece que no pasa nada pero, en realidad, está pasando todo bajo un sol que lima las fuerzas como el mar lima los acantilados. Este año, la estrategia del equipo UAE ha sido de esas que se quedan grabadas en la retina de los que amamos este bendito deporte.

Sabían que sin Wellens ni Narváez el plan tenía que ser agresivo de verdad, una partida de ajedrez a trescientos kilómetros por hora donde no se podía regalar ni un milímetro de asfalto. Y ahí ha emergido la figura de Isaac del Toro, ese chaval mexicano que corre con el desparpajo de quien no tiene nada que perder y un mundo que ganar, convirtiéndose en el gran arquitecto del caos que vendría después.

Pero amigos, detengámonos un segundo en el arquitecto de esta locura, porque sin Isaac del Toro, ese muchacho que corre con la bandera de México grabada en el pecho y el alma, hoy Pogačar no estaría descorchando el champán en la Vía Roma. Ante la ausencia de piezas fundamentales como Wellens, el peso de la púrpura recaía sobre este joven que ha pasado de ser una promesa a convertirse en una realidad que asusta por su madurez táctica. Fue él, y no otro, quien decidió que la Cipressa no sería un paseo contemplativo junto al mar, sino un auténtico horno crematorio para las esperanzas de los sprinters, manteniendo un ritmo asfixiante que redujo el grupo a su mínima expresión y preparó el terreno para que el jefe soltara el zarpazo definitivo.

Es la historia de un diamante que ya brilla con luz propia en el firmamento del WorldTour. Del Toro se ha resarcido de las dudas de ediciones pasadas para demostrar que tiene la capacidad de vaciarse durante kilómetros interminables cuando el aire quema en los pulmones y la responsabilidad pesa más que la bicicleta. Se le veía en la cara, concentrado, ajeno al ruido mediático que lo señalaba como la pieza clave del engranaje del UAE. No solo ha cumplido su papel de escudero; ha sobresalido como ese «segunda espada» capaz de poner contra las cuerdas a los más grandes, confirmando que el ciclismo mexicano ha encontrado a un pionero capaz de tutearse con los dioses del Olimpo ciclista en los escenarios más fastuosos del mundo.

Pero no ha sido un camino de rosas para el esloveno, ni mucho menos. A mitad de la batalla, un escalofrío nos ha recorrido la espalda al ver a Pogačar y a Wout van Aert por los suelos en un impacto que nos dejó a todos con el pulso parado. Ver al gran favorito con el maillot rasgado y la piel lamiendo la cuneta es como ver un cuadro de Velázquez con un tachón, una imagen que hiere la sensibilidad de cualquier aficionado. Sin embargo, Tadej se ha levantado con una rabia contenida, una furia casi mística, demostrando que su obsesión por este Monumento era más fuerte que cualquier golpe.

Levantarse, sacudirse el polvo y ganar; eso solo lo hacen los que están destinados a la eternidad.
Llegamos al Poggio, ese juez de paz que no entiende de piedad y donde el aire se vuelve escaso. Allí, Pogačar ha soltado un latigazo que ha hecho crujir los cimientos de la carrera, pero hoy no se ha marchado solo hacia el infinito. Tom Pidcock, ese funambulista del barro y del riesgo, se ha pegado a su rueda como una lapa en un descenso suicida hacia Sanremo que nos ha dejado sin uñas.

¡Vaya bajada, señores! Se han jugado el pellejo en cada curva, trazando herraduras imposibles mientras Mathieu van der Poel, el campeón defensor, sufría lo indecible al ver que hoy sus piernas no tenían ese elixir mágico de otras tardes.

Ha sido un cara a cara brutal, un duelo al sol entre dos colosos que han llegado a la recta final con el aliento de los perseguidores quemándoles el cuello.
El sprint en la Vía Roma ha sido de infarto puro, de esos que te reconcilian con la esencia del deporte. Pidcock por la derecha, Pogačar por el centro, retorciendo las máquinas hasta el límite del colapso físico. Ha tenido que ser la foto finish, ese ojo digital que no tiene sentimientos ni entiende de épica, la que nos dijera que Pogačar ha ganado por apenas media rueda. Un centímetro. Esa ha sido la distancia entre la apoteosis y el olvido. Tadej suma su primer Monumento de primavera y ya mira de reojo a la historia, porque solo le queda el Infierno del Norte para completar un repóker que le situaría definitivamente en el panteón de los elegidos junto al gran Eddy Merckx.

Ha sido un placer absoluto narrarles esta epopeya de riñones y de coraje.

Si han vibrado con estas letras la mitad de lo que yo he vibrado viendo a estos gigantes sobre el asfalto, me doy por satisfecho.

El ciclismo es esto emoción a flor de piel y una espera eterna que siempre merece la pena.

Les invito de corazón a que me sigan cada día en esta página y lean mis crónicas personales, porque la carretera no descansa y nosotros tampoco pensamos hacerlo mientras haya una hazaña que valga la pena contar.

Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales.

La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

 

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