
Cada 6 de febrero el calendario hace una pausa distinta. No se trata de estadísticas, ni de medallas, ni de récords. Es un día para mirar a las mujeres y a las niñas que entrenan en pabellones vacíos, que madrugan sin cámaras delante, que compiten sin focos, que sueñan sin permisos. Un día para reconocer una verdad evidente: el deporte, con ellas dentro, es un lugar infinitamente mejor.
No hablamos solo de grandes estrellas. Hablamos de la niña que se pone unas zapatillas por primera vez y descubre que tiene derecho a ocupar la pista. Hablamos de la adolescente que se queda a tirar después del entrenamiento porque quiere mejorar un gesto técnico que nadie ve. Hablamos de las jugadoras que viajan en silencio, que compaginan estudios, trabajo y pasión. Hablamos de todas las que, sin saberlo, están ensanchando un camino que antes era estrecho y lleno de puertas cerradas.
Este día no pertenece a la épica; pertenece a las historias pequeñas que cambian el mundo. A las que entrenan sin excusas. A las que rompen inercias. A las que se niegan a aceptar que su techo está más bajo que el del resto. A las que compiten con una determinación que no se aprende en libros, sino en las veces que el deporte no les devolvió todo lo que merecían… y aun así siguieron.
Tam
bién es un día para agradecer a quienes empujan desde fuera del terreno de juego: entrenadoras que enseñan a creer, árbitras que reclaman su sitio, directivas que abren espacios, familias que acompañan, compañeras que sostienen. El progreso nunca es casualidad; siempre es una trama colectiva.
Pero sobre todo es un día para mirar hacia ellas —las niñas— y decirles con claridad que el deporte es suyo. Que pueden ser lo que quieran: porteras, pívots, ciclistas, levantadoras, gimnastas, corredoras, jugadoras de rugby, nadadoras, entrenadoras. Que pueden soñar en grande sin pedir permiso. Que no hay disciplina demasiado dura, ni vestuario demasiado cerrado, ni micrófono demasiado lejano. Que ya no están entrando en el deporte: están transformándolo.
Las mujeres y las niñas no han llegado al deporte para ocupar un hueco, sino para reescribir la idea misma de lo que significa competir, liderar, inspirar. Cada avance, cada pequeña conquista, cada gesto que antes parecía excepcional y hoy es cotidiano, es una victoria de todas.
Hoy celebramos lo que han hecho, sí. Pero celebramos aún más lo que están construyendo.
Y en Globalon, este espacio que vive del pulso del deporte, siempre tendrán un lugar donde sus esfuerzos, su talento y su voz sean reconocidos.
Porque su historia también es nuestra historia… y merece ser contada.
Porque cuando ellas abren camino, no solo avanzan ellas. Avanzamos todos.

