
España vuelve a una final de Eurocopa. Y vuelve donde perdió el trono en 2018, en el Stozice Arena de Liubliana. El destino tiene estas cosas: guarda escenarios, guarda heridas y guarda oportunidades para cerrarlas. La semifinal ante Croacia no fue un paseo, ni un trámite, ni un ejercicio de superioridad estética. Fue un partido de supervivencia, de competir con oficio, de resistir oleadas físicas y de saber sufrir cuando tocaba. El marcador dice 1-2, pero la historia detrás del marcador es bastante más profunda.
El choque arrancó con un ambiente cargado: la afición croata, ruidosa y numerosas, llevó a los suyos a un nivel de intensidad difícil de igualar. Sabían que su única opción era convertir el partido en un combate físico: cerrar líneas, bloquear pases interiores, asfixiar la salida de balón española y jugar directo a sus pívots. Y durante un tramo lo consiguieron. España dominaba, sí, pero con menos fluidez que en otras noches brillantes del torneo. Tocaba tener paciencia.

Las ocasiones tardaron en traducirse en goles. Antonio tuvo un remate al palo con aroma de gol, Gordillo un mano a mano que se fue por poco… pero la recompensa llegó en el minuto trece, cuando Pablo Ramírez resolvió un mano a mano tras un envío perfecto de Cortés. Ese 0-1 estabilizó el partido. España creció, y Croacia, aunque terca e insistente, empezaba a sufrir para defender sin balón.
Eso sí, el susto llegó al borde del descanso: una mala salida de España dejó a Mataja a punto de empatar, pero Cecilio apareció milagrosamente bajo palos para evitarlo. Y como si el destino quisiera equilibrarlo todo, menos de un minuto después Mellado firmó el 0-2 con un disparo raso. Ventaja doble y golpe psicológico antes del intermedio.

La reanudación fue otro tipo de partido. Croacia subió líneas, España perdió algo de pulso en la circulación y Dídac —otra vez gigante— sostuvo al equipo en los momentos más incómodos. Los de Velasco entendieron que tocaba ponerse el mono de trabajo: cerrar, aguantar, medir, temporizar. Y resistieron bien hasta que, a falta de cuatro minutos y medio, Croacia sacó portero-jugador y encontró el 1-2 con un desafortunado gol en propia puerta de Rivillos. La semifinal se apretaba y, para añadir tensión, Sekulic mandó un balón al larguero en una falta al borde del área. El Stozice Arena crepitaba.

Pero España aguantó. No tembló. Y cuando la bocina sonó, lo hizo con el pase a la final asegurado. Un destino que se había resistido desde aquel 2018 en el mismo pabellón. Una historia que, ahora sí, puede reescribirse.
La final espera. Y España llega con la mezcla perfecta entre madurez, talento y hambre.
Ficha técnica
CROACIA
Piplica, Vukmir, Jelovcic, Mataja y Lima.
Suplentes: Gudasic, Kustura, Cekol, Peric, Jurlina, Hrstic, Kuraja, Sekulic y Cizmic (p.s.).
ESPAÑA
Dídac, Antonio, Cortés, Mellado y Pablo Ramirez.
Suplentes: Cecilio, Ricardo, Rivera, Raya, Adolfo, Rivillos, Gordillo, Novoa y Chemi (p.s.).

Goles:
0-1 13′ Pablo Ramírez.
0-2 19′ Mellado.
1-2 37′ Rivillos, en propia puerta.
Árbitros: Ondrej Cerny (República Checa) y Chiara Perona (Italia).
Amonestaron a Mellado, Cekol, Kustura, Kuraja, Gordillo, Peric y Antonio.
Competición: Europeo. Semifinales
Lugar: Arena Stozice (Liubliana, Eslovenia)
Globalon Insight

España no solo ganó una semifinal: recuperó una identidad. No fue el partido más brillante, pero sí uno de los que marcan carácter. El control emocional cuando Croacia empujó, la firmeza defensiva en los minutos calientes y la madurez para soportar un final en tromba hablan de un equipo que está exactamente donde debe estar: en la final.
En un Europeo donde el listón táctico es cada vez más alto y las diferencias se achican, España se ha mostrado solvente en todas las versiones posibles del juego: dominando con balón, golpeando en transición, aguantando sin él y, sobre todo, resolviendo los momentos críticos sin perder el pulso. Y eso —más que el brillo puntual— es lo que gana torneos.
Ahora llega el último paso: 40 minutos para recuperar un trono que simbólicamente quedó abierto en 2018. La final no es un premio: es una oportunidad histórica. Y España llega a ella con un plan, con jerarquía y con la sensación inequívoca de que esta vez sí toca cerrar el círculo.




