
El ciclismo, amigos míos, no es una hoja de cálculo ni una fría sucesión de vatios, por mucho que se empeñen los señores del ordenador. Es, por encima de todo, una manifestación de la voluntad humana frente a la geografía más indómita. Hoy, en la cuarta etapa del Tour de Romandía 2026, las carreteras suizas no nos han regalado una simple carrera de bicicletas, sino una auténtica pieza de orfebrería épica, de esas que te dejan el vello de punta y el café frío sobre la mesa porque no puedes apartar los ojos de la batalla. Desde que el pelotón partió de Broc, bajo un cielo amenazante, se percibía en el ambiente que estábamos ante una jornada memorable, de las que se cuentan luego en las grupetas con un gesto de admiración que no necesita palabras.
La organización de esta ronda helvética, que atraviesa tiempos de penumbra financiera y busca desesperadamente un asidero para no despeñarse por el barranco del olvido, ha diseñado un recorrido que es un monumento al padecimiento. Tres veces han tenido que retorcerse los corredores en las rampas del Jaunpass, ascendiendo por tres costados distintos, como si el destino no quisiera que quedara ni un solo rincón de este coloso sin ser regado con el sudor de los esforzados de la ruta. Como bien decía el eterno Laurent Fignon, no es la pendiente lo que te quita la vida, sino la insistencia, el martilleo constante del ácido láctico cuando el terreno no te da un respiro.
La carrera saltó por los aires de la manera más insospechada con Primož Roglič. El veterano esloveno, que parecía estar aquí de paso, se filtró en la escapada del día para recordarnos que los viejos rockeros nunca mueren. Fue un movimiento de ajedrecista viejo, obligando al UAE a un desgaste brutal para mantener la diferencia en una frontera de seguridad, en un pulso de titanes donde cada relevo pesaba como una losa de granito suizo. Pero la épica de la fuga terminó cuando el “destructor de planetas” decidió que ya era hora de poner las cosas en su sitio.
A falta de 18 kilómetros para el final, en las rampas más duras de Weissenbach, Tadej Pogačar lanzó uno de esos hachazos que cortan la respiración. Un movimiento seco, imperial, una aceleración en danzausa que dejó a todos sentados. Solo el joven alemán Florian Lipowitz intentó seguir la estela del alienígena, haciendo la goma con un coraje admirable, pero la realidad se impuso con la fuerza de la gravedad. Pogačar se marchó en solitario hacia la cima, coronando con una ventaja que sentenciaba no solo la etapa, sino prácticamente la carrera.
Pero el ciclismo es tan hermoso como cruel, y hoy nos ha mostrado las dos caras de la moneda con nuestros corredores. La tragedia se cebó con Carlos Rodríguez a solo 12 kilómetros de la meta. El granadino, que marchaba sexto en la general y aguantaba con los mejores, se fue al suelo en pleno descenso, perdiendo más de dos minutos y viendo cómo sus sueños de podio se esfumaban entre el asfalto y el dolor. Es la amargura del que lo da todo y se queda con las manos vacías por un golpe de mala fortuna.
Sin embargo, en medio de la desolación por Carlos, emergió la figura gigante de Pablo Castrillo. ¡Qué carrera la del jaqués! Con un pundonor que me llega hasta la médula, Castrillo aguantó el embiste de los grandes y cruzó la meta en una estratosférica tercera posición, a poco más de minuto y medio del esloveno. Es el premio a la garra de un corredor que no entiende de jerarquías. Y junto a él, un Nairo Quintana que sigue demostrando que donde hubo fuego, cenizas quedan, entrando décimo en una etapa reina que ha puesto a cada uno en su lugar.
El final en Charmey fue el destello final del genio. Pogačar cruzó la meta con la tranquilidad del que sabe que ha cumplido con su destino, firmando un hat-trick que salva el espectáculo y, de paso, las cuentas de una organización que respira gracias a su presencia. Se marcha más líder, con 35 segundos sobre un Lipowitz que ha sido el único capaz de verle de cerca, y dejando claro que el rey está listo para asaltar el Giro con un hambre voraz.
Ha sido un placer inmenso narrarles esta batalla alpina donde hemos pasado de la euforia de Castrillo al dolor de Carlos Rodríguez.
Si han disfrutado de esta crónica tanto como yo he disfrutado escribiéndola, les espero cada día en esta página.
No dejen de seguir mis relatos, porque la carretera no descansa, y nosotros tampoco.
¡Nos vemos mañana en el próximo puerto!




