
La salida de Jordan Walker dejó al HLA Alicante varias jornadas sin la claridad competitiva que venía mostrando. Una sola victoria en seis partidos evidenció hasta qué punto su figura condicionaba el equilibrio ofensivo y emocional del equipo. No se trataba solo de puntos, sino de referencia, ritmo y foco en los momentos delicados.
En Madrid comenzó a verse una respuesta. Donde antes había una jerarquía muy definida, ahora el peso se reparte. Mike Torres asumió liderazgo desde el base y además fue el máximo anotador, Polanco decidió en el tramo final, Sanderson aportó amenaza exterior en su estreno y Kevin Larsen volvió a sostener al equipo con su regularidad habitual, en una actuación coral donde todos aportaron. Cuando el talento individual se distribuye entre varios jugadores, la dependencia disminuye y el margen competitivo aumenta. El peso ya no recae en un solo nombre.
El triunfo en Fuenlabrada no fue solo un 87-90. Fue un ejercicio de plan y carácter. El primer tiempo mostró orden defensivo y control del ritmo, obligando al rival a fallar once triples consecutivos. El HLA no intentó ganar por inspiración, sino por disciplina.
La segunda mitad volvió a exponer una asignatura pendiente: el rebote y las desconexiones cuando el partido se acelera. El parcial de 10-0 y la remontada local parecían confirmar el momento frágil del equipo. Pero, a diferencia de semanas anteriores, esta vez hubo respuesta.
Los ocho puntos consecutivos de Polanco no fueron un gesto aislado, sino la consecuencia de un equipo que empieza a entender que el liderazgo puede compartirse. Torres dirige y asume puntos cuando toca. Larsen sostiene en el interior. Las nuevas piezas aportan amenaza exterior. El grupo compite.
Una victoria no borra el bache ni corrige automáticamente las debilidades estructurales. Pero ganar en una pista donde el rival acumulaba siete triunfos consecutivos devuelve algo imprescindible: credibilidad.
Cuando el liderazgo se multiplica, el techo se eleva. Y este HLA empieza a mirar más arriba.




