
La selección española de fútbol sala regresó este domingo a casa con un título que lleva grabado en la historia del deporte nacional. Diez años después de su última conquista continental, el equipo volvió a levantar el trofeo y aterrizó en Madrid con la misma mezcla de orgullo y emoción que recorrió su camino en Belgrado una década atrás. El recibimiento estuvo presidido por Rafael Louzán, máximo responsable de la Real Federación Española de Fútbol, que quiso subrayar la importancia del momento para un deporte que vuelve a situarse en lo más alto del continente.
El acto fue un reconocimiento sentido al grupo que dirige Jesús Velasco, un entrenador que ha logrado reconstruir la identidad del equipo en un contexto exigente. Louzán destacó que este triunfo devuelve a España al lugar que merece dentro del fútbol sala europeo, insistió en la relevancia del trabajo de los clubes y valoró la cohesión del vestuario como una de las claves del éxito. El mensaje fue claro: el proyecto vive un periodo de estabilidad y madurez, fruto del esfuerzo colectivo y de la capacidad del seleccionador para unir talento, roles y personalidades.
Velasco, solemne pero cercano, quiso transmitir el valor intangible que tiene un título que se juega solo una vez cada cuatro años. Explicó que, a diferencia de la rutina competitiva de los clubes, una Eurocopa exige que todo salga impecablemente bien, porque apenas hay margen de error. Reconoció que el grupo aceptó el desafío desde el primer día y mostró su gratitud a los jugadores por la manera en que han sostenido la presión de representar a un país cuyo peso histórico obliga a aspirar siempre a lo máximo.
El capitán, Mario Rivillos, habló desde la emoción contenida de quien ha vivido una década de altibajos. Recordó el sufrimiento acumulado, las dudas que rodearon al equipo en ciertos momentos y la necesidad de demostrar que España seguía teniendo el nivel competitivo que la ha convertido en una referencia mundial. Sus palabras reflejaron la liberación de un grupo que, en esta edición del torneo, recuperó su versión más reconocible, con un juego vertical, alegre y atractivo que conectó con la afición.
Adolfo, segundo capitán y autor del gol decisivo en la final, expresó entre lágrimas lo que significó ese momento para él y para el equipo. Habló de la responsabilidad, de la presión acumulada tras el Mundial y de la necesidad de reivindicar que España continúa siendo una potencia. Su emoción transmitió la intensidad de un campeonato que ha devuelto la confianza a un grupo que necesitaba una victoria así para reencontrarse consigo mismo.
El homenaje en Madrid no fue únicamente un acto protocolario. Fue una celebración simbólica de un ciclo que se cierra y otro que se abre con energías renovadas. Una selección que en los últimos años navegó entre incógnitas, críticas y reconstrucción, vuelve ahora a su esencia más competitiva, con un título que sirve como punto de partida para seguir creciendo.
La afición respondió con el cariño que merecen quienes vuelven a levantar un trofeo tan difícil de conquistar y lo hacen representando un estilo que ha marcado época. España vuelve a lo más alto y, con ella, el sentimiento de que el fútbol sala nacional ha recuperado un pulso que nunca quiso perder.




