
Carlos Alcaraz ya forma parte de un club reservado para leyendas. Bajo el techo del Rod Laver Arena y con el murmullo expectante de miles de aficionados, el joven de 22 años firmó un triunfo que quedará grabado en la memoria del tenis: su victoria por 2‑6, 6‑2, 6‑3 y 7‑5 ante Novak Djokovic no solo le dio el primer título del Abierto de Australia, sino que completó su Grand Slam de carrera y amplió un techo competitivo que parecía reservado al pasado.
El número uno del mundo resistió un inicio complejo ante el diez veces campeón del torneo, ajustó su plan y terminó imponiéndose con temple y una madurez impropia de su edad. Lo hizo en tres horas de un tenis que fue escalando intensidad, con un duelo de ritmos, de miradas y de voluntad, y que acabó con Alcaraz levantando la Norman Brookes Challenge Cup por primera vez en su vida, mientras Djokovic veía cómo su fortaleza histórica en Melbourne se quebraba.
La dimensión del logro es monumental. Solo Don Budge había completado un Grand Slam de carrera tan joven (1938), y ninguno en la Era Abierta lo había hecho a los 22. Alcaraz suma ya siete títulos grandes, superando el registro de Björn Borg con una precocidad que desafía toda comparación. También se convierte en el primer jugador que logra su Grand Slam de carrera coronándose precisamente en Australia, un escenario donde los grandes reinados solían pertenecer a Djokovic, Federer o Nadal.
El murciano reconoció tras el partido que había llegado a Melbourne empujado por una mezcla de ilusión, exigencia y emociones difíciles de disimular. “He trabajado muchísimo para vivir este momento”, dijo con la voz aún vibrando. “Perseguir este trofeo ha sido una obsesión bonita. Compartir la pista con Novak es un honor. Lo admiro desde siempre, y estar aquí frente a él, en esta final, significa muchísimo”.
Djokovic, que a sus 38 años afrontaba una nueva final con la serenidad de quien ha visto y vivido todo, no dudó en rendirse al talento de su rival. “Lo que estás haciendo es histórico. No hay una palabra mejor”, dijo el serbio, que admitió el golpe deportivo con la elegancia y perspectiva de un campeón eterno. El público, dividido entre el emocionante “Vamos Carlitos” y el clásico “Nole”, disfrutó de un duelo generacional que ya ocupa un lugar especial entre los grandes capítulos de su rivalidad.
El partido arrancó con un Djokovic clínico: agresivo al resto, seguro en los intercambios y capaz de adelantarse 4‑1 antes de cerrar el primer set. Pero Alcaraz reaccionó desde la calma, ajustando la profundidad de sus tiros y encontrando el equilibrio entre paciencia y aceleración. A partir del segundo set, el español tomó el control del ritmo y convirtió cada intercambio largo en un pulso que favorecía su frescura. El tercer set confirmó esa tendencia, con un punto memorable —una defensa imposible convertida en genialidad ofensiva— que encendió al estadio y pareció desestabilizar al serbio.
Con dos sets a uno y una grada cada vez más volcada, Alcaraz supo gestionar los momentos críticos. Djokovic salvó seis bolas de rotura en el inicio del cuarto set y mantuvo a flote sus opciones, pero cada punto importante comenzaba a decantarse hacia el lado del español. El 5‑5 abrió la puerta a un momento decisivo. Un rally de 24 golpes acabó inclinando la balanza y condujo al murciano hasta el juego final, donde Djokovic erró una derecha que desencadenó la caída al suelo de Alcaraz, las manos en la cara y una emoción desbordada que viajó por toda la pista central.
Con esta victoria, Alcaraz amplía su ventaja en finales grandes ante Djokovic (3‑0) y prolonga junto a Jannik Sinner un dominio que recuerda a los mejores años de Nadal‑Djokovic. Entre ambos han conquistado los últimos nueve majors, una cifra que empieza a configurar una nueva era en el tenis masculino.
El Rod Laver Arena, testigo de tantas gestas, añadió esta noche una nueva página a su historia. No fue solo la victoria de un jugador sobre una leyenda: fue el nacimiento oficial de un campeón completo, un deportista que ya ha tocado todos los vértices del éxito y que, a los 22 años, aún mira hacia arriba.
Globalon Insight
La victoria de Alcaraz en Australia confirma lo que el circuito lleva tiempo intuyendo: su tenis ya no es solo talento desbordante, sino estructura, consistencia y madurez. Completar el Grand Slam de carrera tan joven altera el mapa histórico del deporte y redefine las expectativas de las próximas temporadas. Djokovic, pese a rozar los 40 años, sigue manteniendo un nivel competitivo admirable y convierte cada duelo entre ambos en una clase magistral de lectura táctica. Este triunfo abre un año fascinante: la rivalidad se intensifica, Sinner mantiene su vuelo y la nueva generación, encabezada por Alcaraz, empieza a escribir su propia hegemonía. Si Melbourne 2026 fue un punto de inflexión, lo que viene puede ser incluso más grande.
Forografias: Australian Open




