
CUARTA ENTREGA DE LA SERIE: DE LA PÉRTIGA AL CIELO – MARCO TRASOBARES
Entrevista en EXCLUSIVA para Globalon.
Inicio impactante
No hay música, no hay gritos, no hay distracciones. Solo el sonido de sus zapatillas golpeando la pista y el latido acelerado que acompaña cada paso. Marco Trasobares no mira al público, ni siquiera al listón: su mirada está en el cajetín, en ese punto exacto donde todo empieza y todo termina. Visualiza el salto, lo tiene, lo ejecuta, lo supera. Tiene 15 años y una marca que lo coloca en lo más alto del ranking nacional sub-16, campeón de España: 4,50 metros. Pero lo que realmente lo define no son los números, sino la forma en que ha elegido vivir este deporte: con disciplina, con cabeza y con una ambición que no entiende de límites. Pudo haber elegido lo fácil, lo común, lo que todos hacían, pero él eligió lo distinto, lo difícil y aceptó el desafío de ser único.
Un camino distinto en una familia de deportistas
En casa, el deporte no era una opción: era parte de la conversación diaria. Su abuelo, Javier Uría, llegó a vestir la camiseta de la selección española de fútbol. Un magnífico defensa que militó en el Real Oviedo, el Real Madrid C.F. y el Real Sporting de Gijón. Llegó a ser internacional con la selección española y disputó el Mundial de 1978 celebrado en Argentina. Esa era la singladura normal, la que practicó con éxito su abuelo, el deporte que todos jugaban en el colegio. Pero Marco, siempre retador, no quiso seguir el camino fácil. “El fútbol me parecía muy común”, confiesa. “La pértiga es especial, no es solo correr: es técnica, fuerza, cabeza”. Empezó a probarla con siete años, aunque sin entrenar en serio. El punto de inflexión llegó en una competición autonómica, donde conoció a Grigoriy Yegorov, medallista olímpico y entrenador exigente. “Desde entonces me enganché”, admite. Tenía 10 u 11 años y una decisión tomada: apostar por lo difícil. ¿Por qué no?
La técnica que decide todo
Para el gran público, la pértiga es un salto que dura segundos. Pero detrás hay un mundo. Hay ciencia, absoluta precisión y una preparación que roza la obsesión. Marco lo explica con naturalidad: “Entreno cinco días a la semana: tres de técnica y dos de fuerza”. Cada sesión técnica dura tres horas y se centra en detalles que marcan la diferencia: la carrera, la colocación de la pértiga, el momento exacto de entrada al cajetín. “En competición llevo varias pértigas, porque según cómo me sienta, el nervio, la velocidad… puedo necesitar una más dura para que me impulse mejor”.
Curiosidad técnica:
- Medidas y dureza: Marco utiliza una pértiga de 4,70 metros y 165 lb. La dureza no es capricho: depende del peso, la velocidad y la potencia del atleta.
- Elección en competición: “En competición corro más rápido por la adrenalina, así que necesito una pértiga más rígida para aprovechar la energía”.
- Improvisación controlada: Aunque todo está medido, las sensaciones del momento son decisivas. “Si veo que no me sirve, cambio”, dice Marco. Porque en pértiga, la técnica y la intuición se dan la mano.
El papel invisible: la familia que sostiene el sueño
Sin ellos, nada es posible, aunque a veces queden demasiado atrás de los metales. Detrás de cada salto hay padres que se sacrifican, que esperan horas en la pista, que pagan viajes y material. “Mis padres o mi club costean los campeonatos”, dice Marco con gratitud. Porque la pértiga no es barata y hay que viajar y transportarla, lo que es otro quebradero de cabeza. El backstage de la prueba más estética del atletismo requiere de tu gente para sostenerse. Además, está la conciliación: colegio por la mañana, entrenamiento por la tarde, estudios por la noche. “Siempre intento encontrar un hueco para los estudios”, asegura. Y en ese equilibrio, la familia es el pilar que sostiene todo. Sin ellos, no habría campeones.
De Muchamiel al oro nacional
Este año, Marco se proclamó campeón de España sub-16 con una marca de 4,50 metros. La plusmarca nacional está en 4,75, apenas 25 cm más. “No está lejos”, dice en una mezcla de ambición y normalidad. El próximo reto: el Europeo sub-18, donde la mínima es 4,80. “Me quedan 30 cm, pero creo que es posible”. Lo dice con la serenidad de quien sabe que cada centímetro cuesta meses de trabajo. “Yo he mejorado medio metro por año, pero cada vez será más difícil”, reconoce. Y mientras tanto, la rivalidad sana con su compañero Andrei, segundo en el ranking, le mantiene alerta. “Nos picamos mucho, eso me motiva y le motiva”, confiesa. Un amigo fuera de la pista que se convierte en rival sobre ella. Y el número uno y el dos entrenan juntos, compiten juntos y son de aquí, de esta tierra de atletas y luchadores que es Alicante.
La cabeza, el arma secreta
Marco lo tiene claro: la diferencia entre ganar y perder no siempre está en la fuerza, sino en la mente. “Hay que controlar los nervios”, afirma. Porque en pértiga, la tensión puede ser aliada o enemiga. “Visualizo el salto antes de hacerlo, eso me ayuda”. Lo dice con la madurez de quien entiende que este deporte es soledad y concentración: un instante en el que todo depende de ti, mientras miles de ojos miran… pero no los ves. “Algunos días los nervios me ayudan, otros tengo que calmarme”, admite. Y en ese equilibrio está el secreto de un campeón.
Epílogo: donde todo se decide en un instante
Marco Trasobares sueña con dominar lo indomable. Su historia no es la de un salto, sino la de cientos de intentos, de errores corregidos, de noches en las que la técnica se repite en la mente como un mantra. Porque la pértiga no regala nada: exige precisión, exige carácter, exige aprender a convivir con la incertidumbre. Y Marco, sabiéndolo, lo eligió porque los retos no le asustan. Con su abuelo como ejemplo, cree que puede alcanzarlo y a buen seguro que lo conseguirá.
Cuando Marco se coloca en la pista, sabe que todo se reduce a un instante: la carrera perfecta, el cajetín, el giro, la extensión. No hay épica en el aire, la épica está antes: en cada entrenamiento, en cada decisión, en cada centímetro conquistado. Y mientras otros sueñan con lo fácil, él elige lo difícil. Porque en la pértiga, como en la vida, los que se atreven a medir lo imposible son los que terminan escribiendo la historia.




