Ciclismo

::Ciclismo – Seixas dicta su ley en el Templo de Eibar

 

Amigos del pedal, porque lo que hemos vivido hoy en las carreteras guipuzcoanas no es ciclismo, es una oda al sufrimiento escrita con el sudor de los elegidos! Eibar, esa ciudad que guarda en sus entrañas el metal de las armas y el alma de los pedales, se ha convertido en el escenario de una batalla que quedará grabada a fuego en el libro de oro de la Itzulia.

Lo de hoy en Eibar no ha sido una etapa, ha sido una liturgia de vatios, riñones y coraje! La quinta jornada de esta Itzulia, la auténtica Etapa Reina, nos ha regalado un espectáculo de esos que te reconcilian con la vida y con el deporte del pedal. Ciento setenta y seis kilómetros de una arquitectura del calvario, un sube y baja constante con ocho colosos desafiando al cielo, donde la geografía del dolor dictó una sentencia inapelable. Y en el centro de este huracán, un muchacho de diecinueve años, Paul Seixas, el sol de medianoche galo, que ha vuelto a profanar el templo de la veteranía para firmar un triplete histórico que nos deja a todos con el corazón en un puño.

La mañana despertaba con ese aroma a emboscada que solo se respira en el País Vasco. Desde el kilómetro cero, el pelotón sintió el latigazo de Azurki, esa pared con rampas del dieciséis por ciento que actúa como la guillotina de los sueños. Pero el drama, ese que nos hiela la sangre a los que amamos este oficio, llegó a falta de cuarenta y cinco kilómetros. ¡Ojo al dato! Markel Beloki, el joven prodigio español que honra un apellido de leyenda, sufría un impacto lateral con un coche de equipo que nos hizo temer lo peor. Por fortuna, la casta del vitoriano pudo más que el susto y, con el rictus de los valientes, volvió a la pelea para demostrar que en esta tierra nadie se rinde sin presentar batalla.

Guarden silencio, que entramos en el Alto de Izua, allí donde el aire falta y los hombres se convierten en mitos. Fue en esas rampas imposibles donde el teutón de las cumbres, Florian Lipowitz, lanzó un órdago a la grande que solo el maillot amarillo fue capaz de responder con la solvencia de un veterano. Mientras tanto, el esloveno intratable, Primoz Roglic, mostraba hoy una debilidad humana, una grieta en su armadura que le obligaba a ceder terreno ante el empuje de la nueva guardia. Y entre tanto fuego cruzado, la tragedia visitaba a Javier Romo. El bravo corredor manchego venía remontando como un titán, con una potencia que asustaba, hasta que un afilador maldito con la rueda de Lipowitz le mandó al suelo de forma cruel justo antes de coronar. Verle levantarse con el maillot desgarrado para terminar tercero es, sencillamente, para ponerse de pie y aplaudir hasta que duelan las manos.

El descenso hacia la ciudad armera fue un duelo de colmillos retorcidos, una bajada a tumba abierta donde Seixas y Lipowitz se jugaron el pellejo en cada trazada. Ya en las calles de Eibar, con la afición entregada al rugido de la carrera, el alemán intentó sorprender lanzando la caballería desde lejos. ¡Pero qué va, amigos! Seixas, con una frialdad impropia de su juventud, aguantó el envite pegado a su rueda y, con un golpe de riñón portentoso, le superó en los metros finales para sellar su hat-trick. El francés se marcha de Eibar como el dueño absoluto de la carrera, liderando todas las clasificaciones y dejando la general con una brecha de dos minutos y medio que sabe a gloria bendita. ¡Qué barbaridad, qué manera de honrar el ciclismo en el corazón de Guipúzcoa!

Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

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