Ciclismo

::Ciclismo – El Tsunami Seixas en Aralar y el Dolor de una Itzulia que No Perdona

Abran paso a la épica, porque lo vivido hoy en las carreteras de Navarra no es ciclismo, es una lección de vida escrita con el sudor de valientes que desafían la lógica. Pamplona despertó con ese aire de grandes mañanas, el sol pegando de plano sobre los adoquines y el rumor inconfundible de tubulares que presagiaba tormenta en las piernas. No era un martes cualquiera, pues la serpiente multicolor se disponía a afrontar uno de esos retos que separan a los hombres de los mitos: 164,9 kilómetros con el aroma del roble y la dureza del granito navarro como teloneros de un final de infarto en las Cuevas de Mendukilo.

Pero amigos, lo ocurrido en San Miguel de Aralar escapa a la razón. A falta de 26 kilómetros, Paul Seixas decidió que el amarillo no era un color, sino un destino. El chaval de 19 años lanzó un ataque de violencia inaudita, un latigazo que dejó clavados a los jerarcas del pelotón. Subía Aralar con una cadencia insultante, como si las rampas del 7,8% fueran un falso llano de domingo, mientras por detrás el grupo de los elegidos se rompía en mil pedazos ante la mirada atónita de un Primoz Roglic que veía cómo el futuro le pasaba por encima a velocidad de crucero.

Y qué decir de Isaac del Toro, “El Torito” de Baja California, que llegaba a esta Itzulia con el aura de los elegidos tras comerse el mundo en la Tirreno. Hoy el mexicano ha descubierto que el asfalto vasco no entiende de currículums ni de promesas. Se le vio sufriendo, retorciéndose sobre la máquina, buscando un ritmo que se le escapaba entre los dedos como arena en un vendaval. No fue falta de casta, ni mucho menos, sino ese muro invisible que aparece cuando las piernas dicen basta y el corazón late en la garganta.

Aun así, Del Toro no se amilanó y, en un arranque de pundonor puro, intentó saltar del grupo perseguidor para cerrar el hueco con el potrillo francés. Fue un quiero y no puedo, un esfuerzo agónico que le dejó en tierra de nadie mientras Seixas seguía devorando metros. El mexicano cruzó la meta a 1:42, una diferencia que escuece pero que no debe hacernos olvidar que estamos ante un diamante en bruto. Mañana será otro día, pero hoy Isaac ha probado el sabor amargo de la impotencia en una montaña que no perdona ni el más mínimo atisbo de debilidad.

La otra cara de la moneda, la más amarga, fue el vía crucis de Juan Ayuso. Qué pena me das, Juan, viéndote sufrir en las faldas de Aralar, descolgado, con el gesto desencajado de quien vive una de las peores tardes de su carrera. El de Javea no solo lucha contra la carretera, sino contra un entorno enrarecido en su propio equipo; esos comunicados que salen a destiempo y que él mismo ha calificado de “dictadura unilateral” para dañar su imagen. Perder 2:10 en meta es un golpe durísimo, casi definitivo, para un hombre que venía a reinar y se ha encontrado con un laberinto de dudas y fuego amigo.

El corazón se nos terminó de encoger con la caída de Mikel Landa a solo 10 kilómetros del final. El de Murgia, el alma del landismo, se fue al suelo en un descenso traicionero cuando mejor se encontraba, dejándonos a todos con el alma en vilo. Al final, Seixas entró en solitario sentenciando una general que parece tener ya un dueño inalcanzable. Ha sido una jornada de emociones a flor de piel, de esas que te dejan sin voz, una batalla que nos recuerda por qué amamos este bendito deporte que hoy ha coronado a un niño en las cuevas de Navarra.

Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales.

La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

 

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