Ciclismo

::Ciclismo – Aranburu incendia Galdakao y la Itzulia se desangra sin parte de capos en una jornada de puro dolor y gloria

 

¡Ojo al dato, señores! Lo vivido hoy en Galdakao no ha sido una etapa de ciclismo, sino una auténtica carnicería de ilusiones en el corazón de Bizkaia. La Itzulia, esa serpiente que repta por los muros vascos con hambre insaciable, ha cobrado su peaje más caro, devorando a los favoritos y dejando la carrera tiritando de puro escalofrío. No es solo el asfalto, la lluvia que amenaza o el viento que corta la cara; es la sensación de que aquí, en estas carreteras estrechas y traicioneras, la gloria y el hospital caminan cogidos de la mano en cada curva cerrada y descenso al abismo.

El drama ha sido de los que hacen época, dejándonos huérfanos de los grandes favoritos en un abrir y cerrar de ojos. Ayer, el corazón se rompió con el abandono de Isaac del Toro, ese torbellino mexicano que se rompió el muslo con un desgarro cruel cuando el mundo entero esperaba su estocada definitiva en la montaña. Hoy, por si la carretera no hubiera tenido suficiente, Juan Ayuso puso pie a tierra tras una caída en los primeros compases. El de Jávea, que ya sufría un calvario intestinal, se marchó dejando a la afición española con la miel en los labios y un vacío que hiela la sangre. Eran los dos elegidos, el duelo del siglo contra Seixas, y ahora son solo dos nombres más en un parte médico que asusta.

La lista de bajas parece un rosario de despropósitos en esta edición maldita. Ya dolió el alma ver a Mikel Landa, el eterno Landismo, irse a casa tras aquel incidente incomprensible con el coche médico que aún genera indignación en las redes. Hoy se sumaron otros guerreros que dijeron basta: Sergio Higuita, Roger Adrià y Emanuel Buchmann, sin olvidar a los que ni siquiera pudieron tomar la salida, como Finn Fisher-Black o Ivan Cobo. Es una Itzulia descarnada, una carrera de eliminación donde sobrevivir es casi tan importante como ganar, y cada kilómetro se escribe con el sudor de los que aún quedan en pie.

Pero entre tanto lamento, ¡qué maravilla lo de Alex Aranburu! El de Ezkio-Itsaso firmó una obra de arte en Galdakao, una victoria de redención que sabe a gloria bendita. Tras el mal trago de ayer con los jueces, Alex salió hoy con el cuchillo entre los dientes, conociendo cada grieta del asfalto de su tierra. En el muro de Legina, esa pared vertical que quema las cuádriceps, lanzó un latigazo portentoso que dejó seco a Tobias Johannessen. Cruzó la meta con la rabia de quien se sabe el mejor, reivindicándose ante su gente y demostrando que, aunque caigan los gigantes, el pundonor vasco sigue siendo el motor de este bendito deporte.

Mientras el pelotón se desintegraba, el niño prodigio Paul Seixas seguía a lo suyo, defendiendo ese maillot amarillo con una frialdad que asusta para un crío de diecinueve años. ¡Qué barbaridad, señores, qué manera de aguantar el envite de los lobos del Red Bull! Seixas corrió con una clarividencia táctica impropia de su edad, controlando los ataques de Lipowitz y Roglic en el Vivero como si llevara toda la vida portando el peso de la responsabilidad. Mantiene el liderato, sí, pero mañana llega Éibar y allí las cuentas se pagan en vatios y en sangre. La Itzulia nos regaló hoy un espectáculo de luces y sombras que solo este deporte es capaz de engendrar.

Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales, tanto aquí como en mi portal, donde el ciclismo se analiza con el corazón en la mano y la pluma afilada.

La carretera no descansa, y nosotros tampoco.

 

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